El desafío de crear riqueza
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En estas latitudes la discusión sigue mal encaminada. La pobreza ocupa el centro de la escena y todo el debate gira en torno a encontrar mecanismos óptimos que permitan amortiguar parcialmente su impacto cotidiano.

Esa mirada de corto plazo, impide dedicarse a lo esencial, a resolver los verdaderos problemas de fondo. Hay que concentrarse en lo que realmente cambiará el rumbo y convertirá a esta sociedad pobre en una más rica.

No existen dudas, a estas alturas, que el componente político juega un rol negativo. Las urgencias electorales, la necesidad de triunfar en los próximos comicios, obligan a conseguir mejoras notorias en los indicadores, desviando demasiado los esfuerzos e invitando a equivocar el trayecto.

Cuando la coyuntura es la que manda, no sirven las soluciones reales porque los tiempos ya no alcanzan. Es importante comprender que ninguna nación sale de la pobreza rápidamente. Se trata de un proceso prolongado, complejo, secuencial, evolutivo, de transformaciones escalonadas, con hitos intermedios, plagados de buenas señales y esperables tropiezos.

El lenguaje condiciona las decisiones políticas. En esta parte del mundo se habla de pobreza, se observa y se analizan sus profundas causas, su funcionamiento y dinámica, haciendo descripciones sofisticadas y tratando de encontrar explicaciones a cada aspecto de este fenómeno sociológico.

Como lo sostiene Armando de la Torre, la pobreza no tiene una explicación, porque el ser humano nace pobre. Es esa, en realidad, su condición natural y no otra. Lo que merece ser estudiado detenidamente es el proceso de generación de riqueza, ese que permite que una sociedad sea más productiva y disfrute finalmente de mejores condiciones de vida.

Buena parte de la literatura económica de estos países pone demasiado énfasis en investigar la pobreza y la indigencia, mientras otros ya han puesto todas sus energías en reflexionar acerca de como se crea la riqueza, como se multiplican las oportunidades y se logra el ansiado progreso.

Cuando las sociedades consiguen despegar, cuando inician su círculo virtuoso, en ese recorrido en el que cada vez viven más y mejor, los estímulos están orientados hacia la inversión y la acumulación de capital. Siempre conviene allí producir y no existen incentivos para la holgazanería. Es por eso que esas naciones prosperan y su gente invariablemente se desarrolla en todos los planos.

Pese al falaz e hipócrita discurso de la izquierda populista, de ese socialismo cínico que oculta la realidad porque no le resulta funcional a sus intereses, los países que torcieron la inercia de la pobreza, muestran recetas absolutamente indiscutibles opuestas a sus retorcidos consejos.

Cada uno de ellos lo hizo como pudo, con sus aciertos y errores, pero existe una matriz general de políticas públicas que muestra incuestionables similitudes y que no debe ser ignorada por la ceguera ideológica de muchos que no validan estas cuestiones que han sido empíricamente demostradas.

La vigencia del Estado de derecho con reglas de juego económicas estables, un entorno amigable con el ingreso de inversiones externas en un clima de negocios positivo, carga tributaria moderada y legislación laboral inteligente, apertura económica para comerciar con el mundo y una moneda respetable, son ingredientes que no faltaron en ninguno de estos modelos.

Los que sostienen lo contrario, no pueden exhibir números y hechos concretos que muestren la victoria de las políticas que tanto sugieren. Ellos insisten con su visión y creen que el mundo se someterá a sus infames propuestas, solo porque las recitan con alegatos grandilocuentes.

Claro que tienen múltiples discursos para cuando las cosas no salgan como pretenden. Serán los perversos empresarios locales, los intereses del imperialismo y las corporaciones multinacionales las culpables de esos fracasos. Nunca asumirán que sus políticas no funcionan en ningún lugar.

Es una pena que buena parte de la sociedad siga creyendo que la pobreza se combate con subsidios, asistencialismo y programas de apoyo a los más débiles. Los paliativos solo pueden admitirse en situaciones extremas, frente a catástrofes naturales y durante un lapso muy breve como para cubrir ciertas urgencias, pero ese esquema es insostenible en el tiempo.

Habrá que decir que casi toda la clase política doméstica desconfía de los rumbos que el mundo ha elegido exitosamente y que han demostrado su aplastante eficacia a la hora de promover la anhelada prosperidad.

Esos dirigentes no lo hacen por necedad, sino que se sienten mucho más cómodos explicitando su supuesta sensibilidad social con el reparto indiscriminado del dinero ajeno, esos recursos que desde los gobiernos, previamente les han quitado a los que se lo han ganado genuinamente.

No existen atajos para salir de la pobreza. El sendero a recorrer es una obviedad. Se aplicarán algunas políticas antes y otras después, se podrá ir más rápido o más despacio, pero el paisaje tendrá rasgos evidentes que no son precisamente estos que se han elegido en las últimas décadas.

Cuando se abandone la infantil idea de poner parches eternamente, de salir del paso con alquimias económicas, de manipular estadísticas para construir realidades inexistentes, posiblemente se tenga una chance de encaminar las decisiones adecuadas y celebrar luego esas determinaciones correctas.

Mientras tanto la sociedad seguirá girando en círculos, negando las exitosas experiencias que el mundo ofrece, inclusive en el mismo continente, solo porque no encajan en su modo de concebir el mundo, sin comprender que la pobreza seguirá siendo moneda corriente hasta que la comunidad tome, con convicción, la decisión de emprender el desafío de crear riqueza.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
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