La despreciable actitud de los secuaces
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Los caudillos siempre precisan de aduladores en sus entornos. Sin ese compacto coro de halagadores seriales que respaldan todas sus decisiones, el líder parece perder esa autoestima que lo invita a imponer y avanzar.

Es difícil entender a quienes avalan sus determinaciones sin cuestionarlas. Es bueno asumir que el jefe no siempre tiene razón. Los liderazgos consistentes se construyen con mentes abiertas, amplitud de criterio, disposición para escuchar a todos, con ganas de aprender, para seleccionar las alternativas óptimas. Esos conductores suelen ser hábiles, convocan a los mejores, a los más capaces, a los que pueden ofrecer soluciones con sentido común, sensatez y una cuota de conocimiento técnico combinado con talento profesional.

Algunos dirigentes políticos, mediocres y de escasa personalidad, tienen una tendencia indisimulable a rodearse de ineptos, de individuos poco competentes, de escasa formación académica y con temperamentos débiles a la hora de proponer ideas y establecer posiciones propias.

A veces, ese núcleo de colaboradores está compuesto de gente con avanzados estudios. Resulta complejo entonces decodificar la humillante conducta que asumen esos que optan por exaltarlo todo obedientemente, con un silencio cómplice excesivamente funcional a los objetivos del jerarca.

Se puede entender la mezquindad, la terquedad y hasta el error habitual del líder de turno. Es posible comprender la naturaleza y el peso de la responsabilidad de quien tiene la tarea de conducir, pero eso no puede explicar jamás porque algunos protagonistas, aparentemente inteligentes, deciden jugar el perverso juego de alinearse incondicionalmente.

No se visualizan en esos grupos de trabajo, personas aptas para fijar una postura diferente, diciendo lo que nadie quiere escuchar y listas para dar el paso al costado si las circunstancias así lo requieren, sobre todo cuando se recorre un camino inapropiado, inaceptable y sin regreso posible.

Es inviable justificar a esos personajes que construyen discursos con esmerada razonabilidad, para luego vitorear barbaridades y apoyar peligrosas consignas que buscan trastocar el modo de vida de la sociedad.

Es sabido que no se puede estar de acuerdo en la totalidad de los asuntos de la agenda política. También se asume que no todo se puede cambiar en poco tiempo. Pero existen límites y es vital identificarlos, para saber que se puede lograr y que no. Allí es cuando parecen obnubilarse algunos, permitiendo que esa línea se vaya corriendo progresivamente.

Algunos creen que solo se trata de mantener esa cuota de poder que el funcionario supone disponer. Es por eso que aceptan lo que sea. Pretenden retener ese espacio de maniobra que los apasiona y pagan costos impensados, cediendo a diario, tranzando inclusive con la corrupción que los circunda hasta naturalizarla e incorporarla como hábito al ejercicio de sus tareas. Así es que concluyen también aceptando la inmoralidad y los desaciertos, como si eso fuera requisito necesario para hacer política.

Ellos mismos se convencen de que solo se trata de insignificantes daños colaterales, aparentemente menores y argumentan diciendo que para lograr cambios hay que estar dentro y ensuciarse, y que eso es parte de las reglas del sistema. Lo central es que cada individuo debe decidir hasta donde llega, cual es su frontera personal, donde está el umbral que no aceptará sobrepasar, y eso tiene que ver con los valores profundos con los que cada ser humano comulga. Se debe poner en la balanza los objetivos por un lado y los medios que se aceptan utilizar para lograrlo, por el otro.

Es en los actos oficiales o hasta en la obscena “cadena nacional”, cuando se pueden observar con más claridad las poses asumidas por los funcionarios del gobierno y amigos del poder que siempre secundan al líder ocasional. La indigna costumbre gestual de aplaudirlo todo, de sonreír frente a comentarios tan superficiales como de dudoso sentido del humor y ovacionar lo inadmisible, termina configurando un comportamiento patético.

En muchos casos merodean el poder, empresarios, profesionales, hombres y mujeres exitosos en su actividad. Ninguno de ellos precisa de dádivas o favores, ni de los salarios que ofrece un circunstancial gobierno, aunque la mayoría lo acepta con demasiada satisfacción.

En la inmensa mayoría de los casos, funciona de otro modo. Habitualmente los mediocres son solo rehenes de una remuneración, de una cómoda posición que los lleva a recibir una compensación económica a cambio de sus servicios. La contraprestación no implica solo trabajar, sino también la deshonra de decir que sí siempre y aclamar todo sin condiciones.

El proceder de los elogiadores compulsivos no es intrascendente. Se trata de integrantes de un equipo que cumplen el rol de participes necesarios, porque son parte de lo que sucede, saben lo que ocurre a su alrededor y nadie los obliga a estar ahí. Aunque así lo reciten, no pueden pretender que se los considere como meros espectadores.

No son pocos los que, en privado, critican al líder, su estilo y hasta sus formas. Pero no se animan a confrontar con el patrón. No tienen la valentía suficiente para decir lo que piensan porque temen cometer el pecado de no agradar al jefe. No le plantean sus puntos de vista discrepantes, ni tienen el coraje de retirarse a tiempo cuando así corresponde.

Queda claro que el líder puede equivocarse, que sus resoluciones no siempre son las adecuadas y que sus visiones a veces se encaminan hacia el inevitable fracaso. Pero eso no sucede solo por sus propios errores, ni por su enérgico carácter o sus evidentes defectos personales, sino también por la despreciable actitud de los secuaces.

Alberto Medina Méndez
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