Otro capítulo del “divide y reinarás”
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En torno al conflicto del campo, el oficialismo ha intentado muchas veces seguir ese consejo que dice “divide y reinarás”, y que propone un pragmatismo vacío de principios.

Hace meses que están convencidos de que lograrían que la “mesa de enlace” sucumbiera ante los reiterados intentos del poder. Probaron de todo. Quisieron disuadir con sus discursos altisonantes, amenazar con medidas extremas, seducir con ofrecimientos parciales, provocar que algunos se cortaran solos. En definitiva, trataron de romper el equilibrio que proponía una mesa diversa en su origen y prácticas, pero evidentemente convencida de que la batalla no se podía ganar sin la unión de aquellos que pese a sus divergencias precisaban sostenerse alrededor de consensos generales.

El oficialismo confió en sus habilidades. Creyó en que alguna de esas técnicas les daría la clave para pegar en el punto débil. Entendían que esa heterogeneidad de sectores rurales que representaban a diferentes visiones, derivaría irremediablemente en un quiebre. Sucedería en algún momento. El tiempo jugaría a favor del gobierno. Mientras tanto, ellos seguirían recaudando y el campo no podría evitarlo.

Pasaron los meses, pero no ocurrió eso. Las proyecciones no se cumplieron. Intentaron desde el oficialismo incluso deslumbrar con las alfombras del poder a algunos, pero ni siquiera eso pudo lograr que los dirigentes rurales dejaran de lado sus acuerdos.

Ante la intransigencia oficial y la paciente capacidad de la dirigencia rural se sucedieron las semanas. También los intentos se reiteraron. El desanimo colmó la paciencia de muchos. El tiempo pasaba y pese a las convicciones de cada uno de ellos, el conflicto prometía llevarse puestos a sus protagonistas.

El campo ya no está dispuesto a generar conflictos que impliquen enfrentarse con la sociedad. La paciencia ha sido una virtud de las organizaciones rurales. Sabían que eso tendría un costo económico y de desgaste personal e institucional que soportar.

El gobierno jugaba con ello. Hay que ver cuanto aguantan, se decían los intrigantes de la política, esos que tienen pocos escrúpulos cuando de torcerle el brazo al adversario se trata. Son capaces de recurrir a cualquier medio que les garantice el éxito. Si eso además implica que el enemigo se arrodille y capitule en sus convicciones, cuanto mejor aún.

La crisis llegó por meritos locales más que internacionales y se empezaron a sentir en el cuero propio los alcances de la desidia, la irresponsabilidad y la inoperancia. Un fenómeno natural como la sequía agravó la cuestión y el agotamiento de las reservas de todo tipo, las económicas y las morales, se vislumbraban. Pese a todo, primaron las profundas convicciones de que esta batalla era necesaria y que no podían bajar los brazos. Era un juego en el que el manejo de los tiempos políticos parecía medular.

Después de todo, la bisagra política de este país ha sido mérito de esta dirigencia rural capaz de aglutinar a sectores disímiles. Lograron que, el campo y la ciudad alinearan su visión y que todos reconocieran que el campo, y no la industria, es el sector dinamizador de esta economía. Lo que no logró una oposición timorata lo consiguieron dirigentes sectoriales que mostraron su capacidad de privilegiar acuerdos por sobre sus diferencias personales, que seguramente, las tienen.

Hicieron, desde el gobierno, varios intentos más. Todo hacia pensar que era una historia de nunca acabar. Que el acuerdo era inviable y que esto no terminaría así nomás.

Casi de la noche a la mañana, la habitual actitud prepotente y soberbia, de no dialogar, ni abrir las puertas, dio paso a esta nueva. Todo se modificó casi sin explicación. Lo que parecía imposible se convirtió, sin más, mágicamente, en el nuevo presente. Un buen día se juntaron los que no se reunirían nunca y hasta la Presidente se tomo la tarea de sumarse al encuentro con el campo, con sus principales dirigentes y en forma personal.

El gesto parecía digno de elogio. Después de todo, es lo que esperaban muchos, no ahora, sino hace mucho tiempo. Abrir el juego, ser capaz de escucharlos, ya no por los medios sino en ese esperado cara a cara que permitiera lograr acuerdos en aquello que fuera posible era una aspiración. Llego el día, y apareció la foto que encuentra a la Presidente y los dirigentes rurales juntos, sentados alrededor de la misma mesa.

Las lecturas posibles son múltiples. Algunos podrían pensar que finalmente el poder cedió, entendió que el dialogo era el camino y que necesitaban del campo para seguir avanzando. Sobre todo cabria pensar que harían un esfuerzo para evitar una caída en las preferencias sociales que los dejara aún mas débiles desde lo electoral.

Cuesta “comprar” esa historia casi de caricatura infantil. Tal vez sea demasiado ingenuo pensar que la “esencia” de estos políticos desaparece casi por arte de magia. Estos dirigentes no se arrepintieron públicamente. No hablaron de humildad, ni de reconsideraciones globales. Ellos no reconocerían nunca un error. Es más fuerte que ellos. Creen que hacerlo es un signo de debilidad.

Ellos militan en el “divide y reinarás”. Están plenamente concentrados en lo electoral. Los obsesiona el poder, y por ende la caja. Sin ella, sus probabilidades de sostener el oscuro aparato clientelista es improbable. La precisan como al aire para respirar.

La sensación es que solo han mutado. Ellos solo se aggiornaron. Esta vez intentan una nueva forma de dividir. Les fracasó su visión de dividir dirigentes según su sesgo político. También fracasó el intentar fraccionarlos seduciendo a algunos con las luces del poder. Tampoco tuvieron éxito al pretender dividirlos creando antinomias entre dirigentes o entre organizaciones rurales.

El manual del “divide y reinaras” empezaba a fallar. Saben que su poder se sostiene sobre la incapacidad de los opositores de aglutinar esfuerzos. Sus méritos tienen que ver con esa ilusión de lograr que los más parezcan menos. Eso es viable cuando los más pueden ser quebrados numéricamente, haciéndolos aparecer como minorías incapaces, mezquinas y hasta inescrupulosas. Dominan esa forma de hacer las cosas. Después de todo, así llegaron al poder, logrando que un porcentaje que no es mayoría lo sea.

En realidad, estamos frente a otro intento de este culto al “divide y reinarás”. Retorcido pero inteligente planteo. Hasta es probable, que esta vez lo logren. Encontraron otra forma de dividirlos. Ahora lo harán segregando a los dirigentes pero según sus productos. Propusieron soluciones al maíz, al trigo, la leche y las carnes. Se mostraron dialoguistas, como cediendo, dando concesiones técnicas, en muchos casos menores.

Su esencia no se modificará, ellos siguen siendo los mismos. Solo cambiaron lo táctico. Lo estratégico sigue en el mismo lugar. Su ideología de base es la misma. Están contra la producción y el campo. Solo quieren utilizar el esfuerzo de otros para sostener el clientelismo, esquema central de la demagogia populista, su sello indiscutible.

Del otro lado, esta vez, quedarán la soja y el girasol. Las retenciones que garantizan la vigencia de la recaudación y por lo tanto el corazón de lo que ellos llaman el MODELO no se tocan, ni se tocarán. Se preparan para dar la batalla legislativa que el campo ya anticipo en cuanto a retenciones. Pero llegarán a esa confrontación con sectores que ya no persistirán en el reclamo, que ya habrán resuelto sus cuestiones y que solo acompañaran moralmente. Muchos pueblos ya no llenarán plazas y los productores habrán dado por concluida la cuestión. El espíritu del campo puede sucumbir. Lo que no pudieron algunas tácticas tal vez esta renovada forma de plantearlo lo pueda.

Ellos son profesionales del poder. El oficialismo razona de esta manera. No los subestimemos, ellos son especialistas. Lo que parece un gesto de grandeza es solo “otro capitulo del “divide y reinaras”.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783 – 15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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