El riesgo de concentrar el poder
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Para quienes entienden que gobernar es una tarea que supone no imponerle desde las mayorías formas de vida al resto de la sociedad, priorizando la vida armónica en comunidad, el poder público, el que proviene de la acción política debe sostenerse sobre ciertos equilibrios.

La república es una de las modalidades que intenta balancear ese poder. Pretende que los contrapesos eviten el despotismo y que las autocracias hagan de las suyas.

Pero para que esos equilibrios funcionen, es preciso entender la esencia del sistema, y ella consiste en que nadie concentre la suma del poder público. La sociedad entonces, debe entender los riesgos de transferir sin límites su poder soberano al “elegido de turno”.

Por eso, cuando el voto popular, la voluntad mayoritaria, le asigna responsabilidades a un candidato, el resto de los mecanismos deben funcionar a pleno, con coherencia y sin contratiempos.

En ese esquema, importa estimular la diversidad de ideas y visiones en el parlamento, en el que los sistemas bicamerales aportan mucho, evitando que un recinto sea el espejo del otro y exigiendo mayorías especiales para sortear los potenciales atropellos del circunstancial líder del momento.

Se agrega la necesidad de un sistema judicial lo más independiente posible, que consiga que la combinación de jueces y funcionarios designados, provengan de diferentes etapas de la construcción política para garantizar cierto equilibrio general y que la justicia no sea una réplica de los vientos de cada oleada electoral.

También es imprescindible una prensa plural, que defienda intereses distintos, para que la ciudadanía pueda escuchar campanas diferentes, y no solo la voz oficial, la de los aduladores y obsecuentes de siempre, ni la del pseudo empresariado prebendario que siempre florece a la sombra del que gobierna.

Es indispensable además, una sociedad civil movilizada, inquieta, suficientemente dinámica que se anime a controlar a los poderosos de turno, no solo a los que gobiernan, sino también a los opositores que se suponen custodios de las voluntades diferentes.

En fin, no es deseable la concentración del poder, le hace mucho daño a las minorías que son excesivamente vulnerables ante la desproporción de herramientas para defender sus derechos.

Pero también lastima la moral ciudadana, porque el poder hegemónico amedrenta, adoctrina e impone visiones haciendo que muchos se resignen, acepten principios y reglas que no comparten, solo por la impotencia que sienten al no poder contrarrestar tanta impunidad.

La oposición no puede cumplir su rol de controlar, si es aplastada sistemáticamente por la democracia aritmética que propone la simplificación de las mayorías circunstanciales, en esa lógica que pretende imponerse por la fuerza bruta, otorgándole la razón al que tiene más votos, solo porque suma más voluntades.

Pero inclusive perjudica al poderoso, que se siente dueño de todo, que supone que nadie puede controlarlo, y lo somete al trance de caer en el pecado de la soberbia, de creer que la adhesión obtenida en la fotografía electoral, es eterna y que le otorga razones suficientes para hacer lo que le plazca.

La sensación de que no tiene competencia, lo hace actuar de modo inadecuado, lo enfrenta a la posibilidad elevada de cometer errores por no verse estimulado para consensuar, acordar, discutir y negociar.

Y lo más importante, coloca a la sociedad toda, al borde del precipicio, al haber puesto todos los huevos en la misma canasta violando el principio elemental de cualquier inversión para bajar el nivel de exposición.

Lo que está en juego no es dinero, ni cuestiones superficiales, esta sobre la mesa el presente y el futuro propio de cada individuo, y lo más significativo, el de los hijos que tendrán que pagar los errores o disfrutar de los aciertos de las generaciones que las preceden.

El entusiasmo a veces nubla la vista, el fervor moviliza emociones, pero quienes transitan esa dinámica, abandonan el sendero de la humildad y pierden contacto con el mundo real.

La sociedad toda debe reflexionar sobre la necesidad de sostener equilibrios, otorgar poder, pero siempre a préstamo, por poco tiempo, y nunca delegar facultades a nadie, por iluminado y brillante que parezca. Después de todo somos seres humanos, y el peligro es que creamos que los aplausos, nos hace una raza especial, privilegiada y tocada por la varita mágica.

Atomizar el poder es el ingrediente principal, la fórmula imprescindible para evitar los abusos, las tentaciones de perpetuidad, el discurso único que todos dicen querer eludir, pero que en los hechos intentan instrumentar.

Siempre es importante entender, que existe otra mirada, que los caminos no son únicos, y que se cumplen ciclos, que debemos asumirlos como tal para evolucionar, como lo marca la historia y nuestra propia experiencia.

Es tiempo de cuidarse de los exitismos. La tentación de otorgar cheques en blanco es altamente peligrosa, por eso es importante entender el riesgo de concentrar el poder.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
54 – 03783 - 15602694

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