El simulacro de la voluntad popular
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Mucha terminología se utiliza con excesivo descaro, especialmente en determinados ámbitos de la vida cívica. Casi como si se tratara de un eufemismo, o hasta de una burla, se habla de “voluntad popular” a lo que en teoría expresa el pensamiento político de la gente, de la sociedad, de una comunidad, cuando se plasma en las urnas.

La paradoja es que esta “voluntad”, es forzosa en muchos lugares, porque las normas pretenden hacer del acto electoral, del momento de la votación, un hecho plagado de ribetes de imposición y no una verdadera elección que nace de las entrañas del ciudadano preocupado con su destino.

El voto obligatorio, que sigue vigente en muchas naciones, es tal vez una de las más perversas herramientas, que dilapidan la oportunidad de alcanzar la meta de una ciudadanía comprometida. El involucramiento de los ciudadanos no se logra con leyes que le impongan penas por no tener una opinión política formada, que lo amenacen con impedirle gestiones administrativas y hasta con quitarle libertades individuales por no cumplir con lo que, los iluminados llaman “obligaciones cívicas”.

Lo político, la convivencia en sociedad supone acuerdos, consensos, pero fundamentalmente una vocación por vivir en comunidad, y eso no puede ser el producto de reglas que obligan, sino el natural resultado de la férrea vocación de comprender su importancia.

Esta visión de que el BUEN ciudadano es el que vota, el que concurre a las urnas, es en sí misma, una idea de base inmoral, porque supone que el que toma una elección política es mejor persona que el que no lo hace y eso implica abrir un juicio de valor sobre cuestiones de la vida privada.

El no participar es también una decisión, opinable, probablemente criticable, pero no deja de ser la manifestación que surge como resultante de un proceso social y no exactamente una cuestión azarosa.

A ninguna sociedad, en su sano juicio, le puede resultar útil que un ciudadano, concurra al acto comicial impulsado por amenazas, amedrentado por los infortunios a los que será expuesto si incumple con esas normas.

Algunos dirán que rara vez se sanciona a los que se han ausentado del acto electoral y que la supuesta obligatoriedad es una gran fantochada que solo queda en los papeles pero que no tiene vigencia real, porque la sociedad sabe que si no quiere votar, no resulta necesario que lo haga.

En ese caso es doblemente ruin la norma, por simular y por pretender convertirse en una farsa, que propone solo amenazar. Alguna vez en nuestras sociedades primará el criterio de no usar las leyes para jugar, para intimidar o simplemente para hacerles perder su ya devaluado poder real.

Actitudes como estas, en poco ayudan a una sociedad civilizada a encontrar su rumbo. Hacer normas para tenerlas de decorado no solo muestra deshonestidad intelectual, sino algo mucho más grave aún, una cuota de crueldad propia de mentes manipuladoras.

A ninguna comunidad le sirve tener ciudadanos que solo votan porque no les queda otra alternativa. Mezclar gente comprometida, con individuos desinteresados, apáticos e indiferentes con la política, no consigue conformar una verdadera “voluntad popular”. Se trata todo de una gran falacia y del pecado de recurrir al autoengaño como mecanismo social.

Los defensores del sistema imperante, este del voto obligatorio, dirán que de ese modo los elegidos en un acto electoral son el producto de verdaderas mayorías, pero eso no solo no es cierto, por los habituales niveles de ausentismo, sino que no expresa realmente lo que la sociedad quiere. Es, en todo caso, el producto forzado del pensamiento de una sociedad compelida a ejercer una decisión que en muchos casos no siente.

Si la gente para votar precisa de una ley que la obligue a “ser ciudadano”, estamos en problemas y lo que menos tenemos entonces es “voluntad popular”. Solo una deformada visión de nuestras comunidades porque en realidad eligen autoridades, personas a las que no les interesa hacerlo.

El valor real, el peso específico de ese voto obligatorio, es bajo o nulo. Se trata de una persona que solo fue a emitir su sufragio por temores respecto a las eventuales consecuencias de su omisión y no de sus convicciones ideológicas. Una república, solo se puede construir con personas dispuestas a ello. Lo otro, es una gran parodia que poco tiene que ver con la democracia que muchos sueñan.

Y, dejemos en claro, que es respetable la decisión de quien no quiere votar. Después de todo es un síntoma y no el diagnostico, es una consecuencia y no una causa. Tal vez debamos concluir que es un problema de la política que no seduce, que no cautiva ni convence a nadie respecto de su importancia. Conseguir adherentes a fuerza de imponer sirve de poco. El desprecio por la política no se resuelve con reglas coercitivas, ni con sanciones pretendidamente educativas y aleccionadoras.

Nuestras democracias merecen un poco más de respeto, si pretenden madurar algún día. Para ello precisamos mas ciudadanos, y eso no se consigue por ley. Es bastante más complejo conseguirlo, pero por sobre todo mucho más serio el asunto, que la caricatura a la que asistimos cada tanto en este juego que solo ha logrado por ahora convertirse en el simulacro de la voluntad popular

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
54 – 03783 - 15602694

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