Profecía autocumplida
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El optimismo es a veces peligroso, pero puede resultar indispensable. Al menos, a veces, nos hace creer que tenemos una chance de revertir lo que sucede. El pesimismo por el contrario implica rendirse, entregarse, bajar los brazos, y es claramente inconducente.

El genial Carlos Sabino hace poco tiempo, en una presentación, profundizó la cuestión alertando de los peligros de ambas actitudes lineales. El que cree que todo va bien, no considera necesario ir por más, se relaja y corre el riesgo de no poner empeño en los nuevos desafíos. Por el contrario, el que cree que todo está mal, considera titánica la lucha, se desanima y finalmente no intenta nada.

En realidad, lo importante es no perder realismo. No se trata de ver todo con la óptica del vaso medio lleno, ni tampoco lo inverso. Pero muchas veces los seres humanos, jugamos el aventurado juego de que nuestras expectativas se vean cumplidas, no por lo inexorable del hecho, sino por la actitud funcional que tomamos frente a nuestros vaticinios.

El fenómeno de la profecía autocumplida, esa que sostiene que una predicción, una vez planteada, es justamente la causa de que un hecho se haga realidad, la vivimos a diario. Las cosas suceden por nuestra postura frente a ellas y no porque el final de la película sea siempre el esperado.

Si entendiéramos esta dinámica, tal vez, seríamos más efectivos y entenderíamos que la realidad se construye poniendo ladrillo, sobre ladrillo, y no haciendo predicciones que consisten en la inacción propia, y la cómoda posición de espectadores crónicos.

Si queremos que algo suceda, debemos ponernos en acción, trabajar en ello, intentar influir sobre lo que deseamos que suceda para modificar el curso, ese que suponemos inapelable.

Un humorista del viejo continente solía decir que “un optimista es el que cree que todo tiene arreglo, un pesimista es el que piensa lo mismo, pero sabe que nadie va a intentarlo”. Pero también es cierto que aquella cita que le atribuyen a Churchil, que dice que “un optimista ve una oportunidad en toda calamidad y un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”, describe con contundencia mucho de lo que sentimos.

Solo nos puede sacar de esta inercia temeraria, cierta imprescindible rebeldía, una perspectiva más revolucionaria, de cambio, de giro, menos estática, para desarrollar una imperiosa capacidad crítica y evitar que todo nos conforme, o simplemente para que todo lo que nos disguste no pase a formar parte del paisaje, sin más. Tal vez, precisemos una importante cuota de autocrítica, para no caer en la trampa que propone la conjetura vacía.

Los ciudadanos tenemos que trabajar en ello, para marcar la agenda y no ser simplemente seguidores de la modalidad que nos formulan, esa que solo nos permite mirar, sin ser protagonistas.

Pero para cambiar esa rutina, resulta imprescindible dejar la pasividad que nos caracteriza y pasar a la tarea específica. Describirnos mansamente como optimistas o pesimistas, nos impide ver otra alternativa, tal vez esa que decía un escritor inglés cuando afirmaba que “el pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas”.

Es preciso que podamos entender que el problema somos nosotros, nuestros prejuicios y paradigmas, nuestras creencias y valores, la actitud que tenemos y las decisiones que tomamos.

Si seguimos creyendo que todo se trata de quejarnos o aplaudir, de observar sin hacer, de juzgar sin arriesgar, de discutir sin argumentar, de encerrarse en caprichos, en vez de aprender, es poco probable que salgamos de este círculo vicioso.

Para salir de esta inmovilidad hace falta mucho más que discursos. Se precisa bastante claridad conceptual, mucha inteligencia, una tenacidad sin concesiones, cierto espíritu autocrítico y fundamentalmente una integridad que evite llevarnos por los caminos ya recorridos, esos que aborrecemos en los demás y que a veces aceptamos en nosotros mismos, de la mano de una piadosa justificación oportuna.

El desafío esta a la vista. Solo debemos tomar la decisión de enfrentarlo y sobre todo de no terminar siendo nosotros mismos, con nuestros presentimientos, los que terminemos haciendo que se cumplan solo por creer que son inevitables. Que sucedan porque muchos se tomaron la tarea de proponérselo está en la lista de posibilidades, pero que terminen ocurriendo como consecuencia de nuestras omisiones, es imperdonable.

Hagamos algo en concreto, pongámonos en marcha, empecemos a trabajar con seriedad, demos ese primer paso, para que no terminemos lamentando otra profecía autocumplida.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
54 – 03783 - 15602694

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