La perpetuidad de los problemas
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Es tanta la resignación ciudadana en estos tiempos que hemos asumido como válida, cierta moral que reina entre los dirigentes partidarios, que pretende establecer determinada dinámica para la cual existen momentos oportunos para hacer lo correcto.
Es tan así que hasta hemos asimilado el lenguaje político que dice que hay años electorales y años de gestión, como si se tratara de situaciones antagónicas, y tuviéramos que admitir claudicando, que el asistencialismo y las medidas demagógicas son parte imprescindible del paisaje.
Es preocupante, porque las soluciones que precisamos como sociedad necesitan ser eficientes, agiles, expeditivas, y no estar siendo tamizadas en el contexto de conveniencias circunstanciales, de sectores beneficiados o perjudicados, y hasta de resultados electorales como piezas de análisis.
No es un secreto que existen problemas de difícil resolución, que a veces suponen la presencia de cuestiones cuyas causas son múltiples, distintas, diversas. En esos casos, la tarea supone ir avanzando en solucionar esos aspectos diferentes uno a uno, o al menos intentar que cada arista tenga un progreso razonable, evolutivo, en el recorrido hacia su conclusión.
Inclusive, en este tipo de asuntos sofisticados, hasta es probable que algunas soluciones definitivas o profundas no lleguen jamás, sólo porque el diagnóstico aplicado es inexacto o al menos incompleto.
Temas endémicos, estructurales, de los eternos, como la inseguridad o la corrupción estarían probablemente en esta nómina, entre tantos otros. Para poder resolverlos es preciso tener en claro sus causas y operar fuertemente sobre ellas y no sólo apuntar a sus consecuencias, como la tradición política acostumbra, y como la opinión pública reclama, ingenuamente a veces.
En estos casos, se necesita claridad, ideas novedosas, creatividad y, como en casi cualquier problema, mucho coraje para enfrentar el asunto y estar dispuesto a soportar las secuelas indeseadas que se deriven de ello.
Pero además, está ese otro grupo de preocupaciones, de flagelos, de inequidades, graves e importantes, que no se resuelven tampoco. A diferencia de los primeros, en estos casos se conocen sus causas, que a veces son únicas e inclusive se sabe con precisión como abordarlos.
Es aquí cuando aparecen infinidad de argumentos que intentan justificar las razones del porqué de su falta de prioridad. Se trata de temas en los que se conoce el problema, su origen también, pero su solución atenta contra los intereses de la corporación política y es por ello que no se resuelven.
Los recursos para postergar indefinidamente, para patear hacia adelante la solución son interminables. A veces intentan confundir, atribuyendo causas diferentes a la real, en otros casos hablan de la necesidad de atacarlos en otra oportunidad, buscando el momento ideal para hacerlo.
En realidad, se trata de asuntos que nos les interesa resolver. Las excusas sirven todas, las que hablan de la inoportunidad de avanzar, las que dicen que el problema existe, pero se debe convivir con él por algún tiempo más.
En esta lista de problemas aparecen la inflación, el asistencialismo, la independencia del Poder Judicial, entre algunos de los más habituales de esta extensa lista. Resolverlos sólo precisa de la decisión de hacerlo. Saben muy bien como se hace para salir de estas cuestiones, pero lo que no dicen es que en realidad la política no está dispuesta a hacerse cargo de lo que ello implica. A veces se trata de costos políticos, de esos que se pagan con votos. En otros casos, sólo intentan no abandonar la caja para perpetuarse en el poder. Enfrentar el asunto, atenta contra ello. Por lo tanto, lo evitan.
La cosa es más simple de lo que parece. No lo resuelven, porque no quieren solucionar la cuestión de fondo. A veces les faltan ideas, pero las más de las veces, sólo se trata de ausencia de coraje y decisión política.
Que la dirigencia política maneje su lógica a su antojo, está dentro de lo previsto, pero que la gente, la ciudadanía se pliegue a este esquema tan servilmente y asuma esa dinámica como propia, es alarmante. El momento oportuno para resolver los problemas es YA. Que la política tenga sus tiempos, es su dilema y la sociedad no tiene porqué consentir mansamente frente a esa dialéctica como si fuera la única posible.
Para resolver la inflación hay que dejar de emitir, dejar de usar este dinero artificial como mecanismo para financiar el gasto publico. No es demasiado complejo. Toda otra explicación es retorcida e inexacta. De hecho, si ellos no creen que esa sea la causa, pues deberían dejar de emitir para demostrarlo con contundencia.
Para que la Justicia gane en independencia, la cosa tampoco es tan engorrosa, sólo falta dejar de intentar influir y abandonar reuniones secretas organizadas para construir acuerdos y lograr designaciones en ese ámbito.
Podríamos seguir recorriendo la interminable lista, pero no es la idea. Está bastante claro. Los problemas que enfrentamos son muchos, si los que son de simple resolución ya los tuviéramos encaminados, podríamos enfocarnos en los más difíciles, los que realmente generan un desafío profundo, un debate más significativo.
Lamentablemente hemos aceptado con excesiva resignación algunas reglas. Habrá que convencerse primero, de que éste, el actual, el tiempo que vivimos es el momento adecuado y no otro como ellos pretenden. No debemos acostumbrarnos a la perpetuidad de los problemas.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
54 – 03783 - 15602694

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