Proyectar para entusiasmar
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Algunos políticos creen que gestionar, hacer obras, mostrar acción es el fin último de la política. Suponen que eso es lo que convoca a sus potenciales votantes. Ellos entienden que si hacen OBRAS tendrán muchos seguidores, que si son eficientes, las masas se movilizarán para apoyarlos en su próximo desafío electoral. Creen en eso, y actúan en consecuencia. Se esmeran en hacer, y hacer como que hacen.

Es probable que existan muchos ciudadanos capaces de premiar el esfuerzo, la honestidad, la tarea política o una gestión prolija y hasta la eficiencia, con mucho por mostrar. Pero las relaciones interpersonales, los vínculos entre seres humanos, no solo se alimentan de su historia, de su pasado, sino fundamentalmente de lo que pueda venir, de los sueños por construir.

Son las expectativas las que mandan y las que logran generar voluntad de sumar, o de restar. Un candidato, por eficiente que sea, por exitoso en sus logros que parezca, si no tiene un proyecto, una promesa, algo que movilice a sus electores a renovarle el crédito ciudadano, naufragará frente a cualquier otro prometedor, medianamente creíble.

Y está claro que esto no es lineal, en política siempre las circunstancias pesan y mucho. Los proyectos a veces no son en positivo, sino que a veces son en negativo, por aquello de que la salida de un sistema puede hacer perder ciertos beneficios presentes, y en ese caso el candidato se consolida por la sensación de caos que supone su ausencia y no porque tenga en la mira un proyecto, un plan, un sueño.

Todas las relaciones entre humanos se apoyan en el pasado, pero sin duda alguna, se construyen claramente sobre las expectativas, pasa en la vida afectiva y social, con los hijos y las parejas, con los amigos, o hasta con los socios en un emprendimiento. La política no es la excepción a la regla.

Los seres humanos solo logramos entusiasmarnos por el proyecto que se viene, por la próxima meta a alcanzar, inclusive hasta cuando visualizamos un enemigo común, un adversario identificable a vencer. No alcanza para seguir, recordar el viejo campeonato ganado, mirar la vitrina de los trofeos, añorar los felices momentos vividos. Se necesitan nuevos sueños, renovar esperanzas, perseguir ilusiones.

Y no cualquier proyecto, sino uno posible, real, que se sienta interesante, convocante y al mismo tiempo que valga la pena luchar por él, sumarse a esa posibilidad, ser parte de ese desafío.

Ni siquiera es demasiado relevante el “como” lograrlo. Con el “que”, puede resultar más que suficiente, puede alcanzar, siempre que la percepción de la comunidad sea que es probable lograrlo, que están dadas las condiciones generales para intentarlo siquiera.

Los más eficientes, los buenos gestores, seguirán descreyendo de esta afirmación. Ellos sostendrán que la gente sigue a los mejores, a los más hábiles de lograr resultados. Abundan ejemplos del agotamiento de esos modelos, de cómo la sociedad gira, pese a los buenos desempeños, cuando el que administra no es capaz de reinventarse, de crear desde cero, de no creer que aprobar el examen anterior sirve para el siguiente.

Otros siguen sosteniendo que se trata de tener carisma, algún talento comunicacional, muchos recursos económicos que soporten una estrategia. Todo eso ayuda, suma sin dudas, imposible negarlo, pero no alcanza, al menos no por mucho tiempo. Sobran ejemplos contemporáneos de que estas perimidas visiones ya están para el archivo. Solo basta con hacer un repaso visual de los líderes de este tiempo para confirmarlo.

Esta sociedad moderna, la de nuestro tiempo, se ha tornado más exigente y muchos no perciben este sensacional cambio de paradigmas. Ya no resulta suficiente hacer lo de siempre, recorrer los caminos clásicos, seguir las viejas tradiciones o intentar formulas del pasado.

Algunas recetas aun tienen algún valor relativo, pero no pueden ser ingrediente principal de la nueva forma de hacer las cosas. El que lo comprenda acabadamente, podrá seguir en carrera, el que se aferre a esos modelos sin percibir los cambios en la sociedad, estará condenado a quedarse en el camino y será derrotado por cualquiera con algo de instinto.

La gente demanda soluciones, pero ellas llegan cuando previamente la sociedad se apropia del desafío de alinearse detrás de esa chance. Aquel político, ese dirigente, la agrupación partidaria capaz de entender esa dinámica actual e interpretar inteligentemente la necesidad de entusiasmarse de la ciudadanía de este siglo, será protagonista del futuro.

Para ello, resulta necesario, dejar de improvisar, profesionalizar la actividad política, levantar la puntería, tener más vuelo, rodearse de los mejores, apelar a la creatividad, hacer un esfuerzo enorme en comprometerse con una idea. Los tibios, los timoratos, los que circulen por la política sin transgredir al menos en ciertos aspectos, no tendrán oportunidad de quedarse con el liderazgo que la sociedad reclama.

Casi cualquiera puede ganar una elección. Miles de factores pueden ser funcionales a un triunfo circunstancial. Pero solo unos pocos construyen poder real, sostenible y fundamentalmente útil para una comunidad.

Los que sigan creyendo en valores del pasado, esos que hablan de buenas gestiones, de logros, de obras, de la fidelidad por lo hecho, de la marca registrada que se obtuvo por los buenos tiempos, habrán perdido el tren de la dinámica actual. Todo eso sirve, suma, pero sigue sin alcanzar.

Esta sociedad quiere otra cosa. La honestidad, la eficiencia, la capacidad pasaron a ser requisito, pero no una garantía. Y si no creemos en esta conclusión, tal vez debamos preguntarnos que nos moviliza a diario, en lo afectivo, en lo personal, en lo profesional, en lo político. Aquellos que sostengan que siguen en el mismo barco solo por la historia transcurrida podrán refutar esta idea. Los que entienden que la vida tiene sentido cuando hay desafíos por delante, tal vez comulguen con esta visión de que resulta imprescindible proyectar para entusiasmar.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
0054 – 3783 - 602694

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