La brújula de la decencia
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Muchos individuos con valores morales afirmados en algún momento de sus vidas sienten el llamamiento de esa vocación por servir, a veces por protagonizar, lo que tantos reclamamos y tan pocos logramos, el anhelado cambio en positivo de nuestras sociedades.

Y es que todos aspiramos a una vida mejor, en armonía, con respeto, paz y progreso. Sin embargo la descripción del presente siempre nos remite a la crítica hacia quienes tienen la responsabilidad de conducir los destinos de la sociedad, o inclusive la reiterada búsqueda de culpables que siempre forman parte de la premeditada conspiración de poderosos que vemos a nuestro alrededor.

A poco de andar, esos sujetos que conocemos, a los que hemos escuchado despotricar contra las mañas del poder, contra las malas prácticas de los políticos, de los dirigentes, por su mediocridad, porque claudican, porque se alejan de la gente, empiezan inercialmente a recorrer idénticos caminos. Antes de lanzarse al ruedo, se llenan la boca con todo lo que debe hacerse y lo que debe ser dejado de lado, sin embargo esa brújula orientadora que tantos adeptos convoca es arrojada al vacío sin mas.

Y no se trata de inmorales crónicos, ni delincuentes comunes, muy por el contrario, hablamos de gente honesta, que ha hecho de sus vidas cosas importantes, significativas, logrando triunfos personales y profesionales nada despreciables.

Es como si entraran por una manga que los transforma. Los mas capaces pronto se convierten en parte del sistema, los mas audaces se transfiguran en timoratos sostenedores del status quo, los mas inteligentes pronto se ahogan en un vaso de agua y los mas creativos se quedan rápidamente sin ideas. Termina funcionando como una trituradora que despoja de los valores más profundos, los modifica y hace claudicar a tantos que soñaron las cosas de un modo diferente.

El orgullo personal, la incapacidad para asumir que se han equivocado, les evita salirse, pedir disculpas, hacer lo correcto. Una supuesta perseverancia mas parecida a la necedad, los obliga a seguir ese sendero con la ilusión de modificar la curva en el próximo codo, pero todos sabemos que eso tampoco sucederá.

Al tiempo, nuestro heroico ciudadano, se parecerá mucho a los que criticaba, formará parte indivisible de la misma corporación a la que dijo querer combatir, y se sumará mansamente a los privilegios que propone la casta con los recursos de otros. La burocracia los absorbe, el sistema tiene anticuerpos para evitar sus intentos y se ocupará de hacerle aprender los códigos para sobrevivir y no ser expulsado de modo inmediato.

Tal vez la cosa no era tan fácil como parecía desde afuera. Probablemente no se midieron bien las consecuencias, ni los precios a pagar para intentar cambiar las cosas, quizás no se tenían todos los elementos para procurar el cambio. Lo cierto, es que tampoco quedó el coraje para salirse, la descuartizadora no solo modificó la esencia de esos ciudadanos sino que se ocupo de reclutarlos como un soldado mas para su causa.

Esta descripción no intenta amedrentar a los que deseen iniciar ese camino, sino solo advertir lo que muchos ejemplos muestran a diario. Gente honesta, con principios, con valores y criterio pasan por este proceso sin contemplaciones, repitiendo experiencias del pasado una y otra vez.

Es probable que mucho de esto tenga que ver con un pésimo dimensionamiento del asunto a enfrentar. Pero también queda claro que hay que tener la humildad de salirse si no es lo soñado, o simplemente asumir la impotencia frente al coloso, o mas sensatamente, entender que no es ese el camino y animarse a hurgar por otros recorridos posibles, que no impliquen dejar la esencia en el camino, renunciar a los valores y entregar lo poco que nos queda de dignidad para la lucha.

La política es necesaria, es la herramienta de cambio por excelencia. Se puede hacer bien o como ahora. Cada uno de nosotros elige a que barco se sube y como enfrenta los desafíos de la sociedad. No existe obligación alguna de jugar del mismo modo que los demás. Ese es el mito que han creado los que están adentro para derribar a los que intentan quitarle privilegios y sacarles poder. Ellos construyeron esa teoría, que sin demostración empírica alguna, sostiene que hay que hacerlo a su manera o no hacerlo.

Los hombres que cambiaron el mundo en serio, los que lograron las grandes transformaciones no son los que hicieron lo mismo que los demás, sino los que se animaron a indagar por otras variantes. Los innovadores, los pioneros, los audaces, los provocadores, los trasgresores, esos que en su tiempo fueron catalogados de locos, y décadas después reconocidos sus méritos.

Resulta difícil entender como gente inteligente, idónea, decente, sigue insistiendo en suscribir la teoría de los poderosos, de los que ya fracasaron y gestionan desde siempre el timón, y aceptar sin más sus procaces invitaciones a ser parte del sistema.

Saltar el cerco puede valer la pena. Requiere de coraje, determinación y perseverancia. Nada que se sostenga sobre indebidas formas puede llevar por buen camino, y menos aun, a un resultado del que podamos enorgullecernos. Solo los inmorales pueden defender semejante despropósito. Tal vez la cosa sea mucho más simple, aunque no menos esforzada y compleja. Es probable que haya que dejarse orientar por la brújula de la decencia.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
03783 – 15602694

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