Precisamos constructores
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La realidad, nuestro presente, no es más que la esperable consecuencia de lo que hacemos a diario con nuestras vidas. Cuando de la sociedad se trata, pasa algo muy parecido. Lo que tenemos delante de nuestros ojos es lo que fuimos capaces de lograr en toda nuestra historia como especie humana.

Es evidente que enfrentamos problemas, que tenemos cuestiones por resolver y que para ello nos pasamos todo el tiempo confrontando para acordar diagnósticos y eventualmente proponer soluciones. Pero la vida en comunidad requiere de mecanismos mas complejos, porque ya no se trata solo de resolver nuestros problemas individuales, sino de identificar cuestiones que nos preocupan a muchos y abordarlas con algún criterio común que nos permita superarlas con éxito.

No importa cual sea el tamaño de nuestra sociedad, tampoco el tipo de problemática a enfrentar, pero buena parte de nuestra capacidad para resolver problemas depende de nuestras habilidades para construir. Y es en ese contexto en el que queda claro que no cualquiera puede ser protagonista principal de esa construcción.

Cada uno de nosotros, con sus talentos y habilidades, debiera poder ser parte de esa historia, pero muchos solo aceptan construir si son arquitectos, directores de obra, ejecutores principales. Y hay que decir que las habilidades que se necesitan para la construcción no siempre forman parte del repertorio de destrezas de cualquier ser humano.

Algunas características muy humanas como la histeria y la abulia dejan afuera a muchos que les encantaría protagonizar el cambio pero cuyas personalidades mal podrían siquiera acompañar este proceso. Quedan fuera de este núcleo las personalidades conflictivas, los irascibles, los temperamentales, los obstinados, los necios, los tercos, los timoratos, los cobardes, los caprichosos, los infantiles y los ingenuos.

Para construir resulta preciso tener en claro el objetivo, saber hacia donde se va, y ser capaz de anteponer ese objetivo a las mañas propias, a los falsos orgullos, al vedetismo personal y la hipersensibilidad de los que se creen indispensables.

El constructor, tiene sentido común, es capaz de tener empatía, aun sin coincidir, busca acuerdos, resigna cuestiones menores para privilegiar las importantes, negocia allí donde resulta preciso y privilegia el consenso por sobre las disputas estériles. Tal vez el atributo que defina de mejor modo al constructor, sea su integridad, su confianza en si mismo, su humildad y al mismo tiempo sus arraigadas convicciones.

Para ser constructor, hay que desarrollar habilidades, resulta preciso hacer importantes esfuerzos personales lo que incluye claramente, una determinación férrea, una perseverancia a prueba de tropiezos circunstanciales y un norte que oriente la lucha.

No cualquier individuo puede liderar un proceso de construcción, se requieren talentos y atributos personales. Una persona llena de odios, rencores, resentimientos, espíritu de revancha, solo puede destruir, nada a sus pies se levantará con expectativas de sostenerse en el tiempo. Todo lo que intente poner en pie se derrumbará sin más.

Necesitamos constructores, precisamos arquitectos, pero debemos identificarlos claramente, y no confundirnos. Ellos son necesarios, casi imprescindibles. También necesitaremos de otros que ocupen otras tareas tan necesarias como trascendentes.

Si cada uno de nosotros logra identificar el rol en el que podemos aportar complementariamente, con la humildad de los grandes, asumiendo que no todos podrán estar allí en el podio de la construcción, que no todos saldrán en la foto, y que muchos de los hombres que hicieron de este mundo un lugar mejor, lo lograron desde el anonimato, lo intentaron desde espacios complementarios, tal vez tengamos una chance concreta de encaminar este desorden.

La sociedad civil debe hacer un esfuerzo adicional para identificar a los constructores y para descartar a todos aquellos que solo nos ofrecen lo peor de si. No es cierto que para dar pasos importantes como sociedad necesitemos de gente despreciable, ni de iluminados, ni de mentes inteligentemente perversas. Muchos nos han hecho creer que para lograr avances significativos debemos hacer el trabajo sucio, corrompernos, embarrarnos. Solo nos ofrecen su conveniente lógica, se justifican a si mismos, tratan de hacernos creer que sus inmoralidades son una pieza inevitable del camino al éxito. No aceptemos tan mansamente esa dinámica que nos llena sentimientos negativos, de actitudes impropias, de comportamientos indignos, de hechos que solo merecen ser ocultados. Nada bueno puede salir de allí. La historia está plagada de esos malos ejemplos, sin embargo muchos individuos virtuosos e inteligentes siguen creyendo que esa secuencia de indecorosas acciones puede sacarnos del pantano.

Los ciudadanos tenemos responsabilidades, somos los que podemos darle un giro positivo al caos. Está en nuestras manos y nos cabe hacer algo al respecto. Identificar adecuadamente los primeros pasos no es un dato menor. Y en ese escenario, tener en claro el perfil de lo que necesitamos resulta muy valioso. Necesitamos colocar un ladrillo y luego otro, pero para eso precisamos constructores. Resulta imperioso visualizar que atributos deben tener esas personas que lideren ese camino. Con el perfil adecuado en claro podremos emprender la búsqueda con menos margen de error.

Nuestras comunidades merecen algo mejor. Pero eso no se conseguirá a los gritos, ni desde la confrontación, tampoco con ídolos de barro ni con líderes mesiánicos. Necesitamos constructores, gente capaz de poner sus mejores atributos personales al servicio de un sueño, el propio y el de muchos otros. Un mundo mejor es posible. Pero sin constructores, solo será una utopía, un imposible.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
03783 – 15602694

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