El centralismo patológico
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A estas alturas no caben dudas que el centralismo es alimentado por los sectores que hacen de la concentración del poder y de sus recursos asociados un culto. No es producto de la convicción ideológica ni de una visión enmarcada en la mayor eficiencia de la gestión. En todo caso, responden a intereses lineales y a conveniencias personales y hasta ocasionales que simplifican de ese modo el acceso a las decisiones y su “caja”.

No se puede esperar de quienes manejan discrecionalmente recursos y poder un cambio, un gesto de grandeza, un renunciamiento. Ese tipo de actitudes pertenecen a seres en proceso de extinción y no abundan en estos tiempos.

Cuando hablamos de centralismos no nos referimos solo al que ejercen las capitales nacionales sobre el resto del territorio del país, sino también a sus emuladores locales, esos que administran sus estados provinciales, sus departamentos, sus distritos y ciudades con idéntico criterio, casi como si se tratara de una matriz replicable.

Pero esos centralismos, esa devoción por la concentración, esa imperiosa necesidad de establecer una aglomeración de poder, resultan esperables de quienes lo detentan, mas no resultan razonables de sus aparentes víctimas naturales, y es allí donde probablemente deba ponerse el foco.

Que los centralistas sean unitarios, no puede sorprender, lo paradójico, lo enfermizo es que los que deberían levantar las banderas del federalismo, de la descentralización, de la autonomía e independencia de criterio, sean funcionales y abonen similares esquemas.

Y ya no se trata solo del reiterado paisaje que nos ofrece el mendicante estilo de los pretendidos líderes locales que en campaña se llenan la boca hablando de autonomía y federalismo, para luego claudicar a repetición y culminar escudándose en un sistema que alimentan con acciones cotidianas y que no están dispuestos a interrumpir porque evitar pagar los costos de esa decisión.

La libertad tiene un precio, no es gratis y los dirigentes políticos de este tiempo no tienen el coraje necesario para pagar esos costos, prefieren una esclavitud cómplice, la indignidad rastrera a la que ya se habituaron, la miserable actitud de asumir el rol de victimas eternas, a la audaz y correcta acción de los hombres de bien. Es una elección, como tantas otras, opinable. Pero la culpa no es del chancho, sino del que le da de comer. Una sociedad que se maneja con idénticos parámetros, que critica esas actitudes pero que se comporta de modo equivalente, sostiene ese eterno andamiaje argumental que subyace en los dirigentes.

El ciudadano medio se comporta con idéntica cobardía. Les pide a los demás la valentía que no asume en su vida cotidiana. Espera de sus líderes lo que no es capaz de hacer en las más pequeñas cosas de todos los días. El resultado está a la vista. Un centralismo recurrente, que elige el reclamo hacia arriba, el recorrido de pasillos ajenos detrás de gestiones acomodaticias, que siempre dejan la puerta abierta a la posibilidad de ser la victima de la historia.

Lo otro sería asumir con valentía y determinación las decisiones propias, ser independiente, tener autonomía, pero ese juego tiene precios. Uno de ellos es asumir que la responsabilidad de todo es propia y que no existen culpables por fuera de nosotros mismos. Que lo que nos pasa en el pueblo, en la ciudad, en el estado provincial, es nuestra responsabilidad y que ciertas cosas podremos hacer y otras no, que algunas podremos afrontar ahora y que otras deberán esperar meses, años, décadas o incluso no podremos concretarlas nunca.

Asumir esa frontera es una bofetada dura para muchos, que no están dispuestos a asumir sus limitaciones. El centralismo imperante les deja siempre la “esperanza abierta”, la posibilidad de que el mandamás de turno, el que esta en la esfera superior, algún día se sensibilice, asuma la necesidad local y tire un manto de piedad con su dadiva generosa para ungir a nuestra comunidad. En definitiva, le pedimos al unitario de turno que ejerza con nosotros la discrecionalidad que le criticamos cuando el agraciado es el vecino.

Lo otro sería intentar nuestro propio camino, dejar de lado la clásica ambigüedad discursiva para pasar a tomar un protagonismo que implica asumir restricciones, tomar responsabilidades y poner el pecho. Son centralistas los que detentan el poder y hacen de la discrecionalidad una forma de vida para favorecer a unos u otros según simpatías, alianzas, acuerdos o meros caprichos, pero tan abominable como esa actitud es la equivalente del lado de los aparentemente perjudicados por ese sistema.

La libertad, en este caso el federalismo, la autonomía, es una decisión propia. Ponerla en el terreno de lo imposible también es una posibilidad que se debe asumir. Es un camino elegido por acción o por omisión. Pero es una alternativa que la inmensa mayoría descarta. Para muchos el precio de la libertad es enorme, impagable, y es cierto, se trata de una ecuación que puede resultar cara, sobre todo cuando no se tiene dignidad.

Pero no es cierto que sea una decisión barata, casi sin costo. La humillación, la claudicación, para los que tienen honra, alguna cuota de integridad, algo de pudor y decencia, es un precio demasiado alto y superior al anterior.

Ser federal, lograr autonomía, decidir a contramano del poder circunstancial, ser libre sin más, es una posibilidad. No importa si hablamos de lo individual o de lo colectivo, ocurre en nuestras vidas personales y como sociedad en un pueblo pequeño, una importante localidad o un estado provincial respecto de su capital nacional.

Tal vez debamos revisar como razonamos. No sea que lo que le criticamos a la política no sea mas que la consecuencia de cómo obramos los ciudadanos a diario y no su causa. Es probable que terminemos descubriendo que el centralismo no es ese pulpo perverso que se aloja en las proximidades del poder, sino que vive en casa y que nuestras mentes funcionan de igual modo, reclamando afuera, mas arriba, lo que no nos animamos a lograr por nuestros propios medios, con recursos obtenidos con esfuerzo personal.

Consideremos que si no estamos dispuestos a hacer el sacrificio por algo con nuestras propias manos y compromiso personal, es probable que no valga la pena intentarlo o que no estemos tan convencidos de su necesidad. Lo otro, delegar hacia arriba, despotricar hasta el cansancio, recriminar a los demás por lo que no estamos preparados siquiera a intentar de forma individual o como comunidad local, tal vez sea un error.

La concentración en las decisiones es un mal de este tiempo, pero a no equivocarse, no se trata de un capricho ajeno, en todo caso estamos frente a una enfermedad que nos acompaña, que nos describe de modo fehaciente y que tal vez merezca un mejor diagnostico que permita superar este centralismo patológico.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
03783 – 15602694

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