30 años y la Argentina de los dos bandos
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Se han cumplido 30 años de aquel 24 de marzo de 1976, una de las fechas mas tristes de la historia reciente de los argentinos. El valor simbólico de la misma se hace evidente. Nos recuerda un país que queremos dejar atrás, ese del odio, de la violencia, del orden institucional interrumpido por quienes solo aprecian la imposición de la fuerza.

La visión parcial de la realidad no es una noticia para quienes vivimos en esta Nación. Solemos intentar relatar nuestros hechos históricos con alguna cuota de infantil simplicidad creyendo que el contarlos de esa manera anulara aquella parte que no comulga con nuestras visiones. La década del 70 no escapa a esta regla y ha sido pretendidamente resumida según quienes la cuentan.

Hemos caído reiteradamente en la trampa de justificar muertes, de legitimar bombas, torturas, violaciones, secuestros y homicidios según quienes lo hicieran y en función de los loables fines que movilizaran tales acciones.

En una sociedad civilizada, lo que ocurrió en aquellos años son simples actos delictivos agravados por el uso impune de la fuerza en contra de compatriotas. La historia de caricatura que nos quieren contar, muestra a heroicos hombres y mujeres que lucharon por sus ideales, por un país mejor, por el progreso y por la defensa de la sociedad.

No se puede llamar héroes ni patriotas a quienes llevaron adelante atentados cobardes, secuestraron, torturaron, asesinaron y cometieron todo tipo de aberraciones en nombre de supuestos pensamientos sociales o cuestionables formas de proteger a la Nación de la horda utilizando reprochables métodos basados en la fuerza y en los medios del Estado. Esos sectores han desconocido la existencia de las mas elementales garantías individuales. No tuvieron en cuenta el derecho a la vida, a un juicio justo, ni a la legitima defensa.

Algunos pretenden convencernos de que aquello fue una guerra civil. No se puede coincidir. Solo se trato de delincuentes comunes que pretendieron convertirse en dueños de la verdad y dispuestos a regir nuestros destinos como sociedad. Se perdieron muchas vidas, se despilfarraron años de progreso, se vivieron tiempos de terror, de silencio y de ausencia de compromisos.

Es tiempo de analizar responsabilidades. No vivimos las cosas que pasamos en los 70 solo por casualidad, tuvimos responsabilidades de todo tipo. Los violentos encontraron terreno fértil para sus andanzas porque tuvimos dirigentes corruptos y torpes, sin soluciones, sin ideas, sin convicciones para defender una democracia que lo necesitaba. Nos falto una sociedad madura, dispuesta a luchar por sostener su institucionalidad y no dar rienda suelta a la tentación de apoyar aventuras golpistas, creyendo ilusamente que estos iluminados con uniformes nos devolverían como por arte de magia esa dignidad que ya perdimos cuando decidimos cederles semejantes poderes ilimitados.

La sociedad tiene sus responsabilidades en lo que paso en esa década infame, y es tiempo de hacerse cargo de las omisiones, de la ausencia de profundas convicciones democráticas

Las reales victimas de estas historias, los torturados, los asesinados, los violados, los chicos que perdieron sus padres y su identidad, no admiten indultos. Hay que recuperar la memoria y no hay que tener temor en revisar lo que nos paso. No se pacifica una sociedad con ocultamientos, historias no contadas, menospreciando lo sucedido y dejando de lado a las aberraciones. La memoria debe estar presente, el perdón es un don de unos pocos y queda reservado al fuero íntimo de quienes vivieron de cerca cada etapa de aquellas épocas.

La tradicional división de bandos de esa Argentina entre aquellos que provenían del socialismo terrorista y de los componentes del fascismo nacionalista inserto en un sector de las fuerzas armadas es solo una parodia.

Ambos supuestos bandos, procedían de la misma manera, homicidios, secuestros, solo terror al servicio de ideologías que no consiguieron adeptos de otra forma que no sean mediante el uso indiscriminado de la violencia.

Es cierto, tuvimos dos bandos, pero no los que nos enseñaron sino otros. Por un lado los violentos, esos que no aprendieron a explicar sus sueños, esos intolerantes que no aceptaban el pensamiento diferente, esos que prefirieron la bala, la bomba, el atentado, la tortura, el secuestro, el homicidio.

Del otro lado estaba esa sociedad tolerante, la que sabía convivir, la que podía y quería expresarse libremente, creando, produciendo y apostando al camino democrático, el de las urnas, el de la elección equivocada, pero libre.

No somos todo lo mismo, no fuimos todo lo mismo. No se trato de terroristas subversivos y terrorismo de estado. Los terroristas que pretendieron el imperio de la violencia, del terror y del pensamiento único, que tuvieron a su vez expresiones desde la izquierda marxista y desde el fascismo uniformado. Del otro lado estaba la sociedad civilizada, esa que aborrecía la violencia en cualquiera de sus formas y que no creyó jamas en los héroes prefabricados, y cuyo peor pecado fue permitir que los violentos se convirtieran en los interpretes de la comunidad y se apropiaran no solo del poder sino de nuestros valores fundamentales.

La violencia no debe volver a gobernar nuestras vidas. Tenemos la oportunidad de aprender que el autoritarismo aun hoy proviene tanto de aquella siempre renovada izquierda violenta, mesiánica y soberbia, como del maquillado fascismo justificador de aberraciones en nombre de un nacionalismo arcaico, despótico y represivo. Ambos tienen puntos en común aunque les resulte difícil aceptarlo. La intolerancia, su imposibilidad de obtener genuina adhesión popular y su profundo desprecio por las libertades individuales son solo la base de ese denominador común que identifica a lo mas despreciable de la historia reciente de nuestra Nación. Por eso, en estos tiempos hay que decir nuevamente NUNCA MAS.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes - Corrientes – Argentina.

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