Claro como el agua
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Empresas públicas corruptas e ineficaces transformadas en monopolios sospechosamente privatizados. Dos caras de un falso debate que hay que intentar desnudar.

Una no tan lejana actitud privatizadora pretendió hace años enterrar décadas de ineficiencia de las empresas publicas argentinas y terminar así etapas de continua corrupción y manejos arbitrarios en espacios del poder de pocos con recursos de todos.

Muchos se subieron en aquellos tiempos a la ilusión de que las privatizaciones serian la solución a todos nuestros males. Se ha avanzado, pero la verdad, bastante poco.

Hoy, la nueva Argentina se plantea políticas hostiles contra las privatizadas utilizándolas como iconos de la lucha de los ciudadanos contra las corporaciones.

En ese contexto, hemos asistido últimamente a la creación de nuevas empresas públicas que reemplazaran a las privatizadas que no cumplieron sus contratos en procesos que, mas alla de los costosos juicios que le significara al país, o sea a todos nosotros, nos muestran la reinstalación del viejo debate de empresas publicas versus empresas privatizadas.

En realidad, esto tiene poco que ver con el tema de fondo. Intentar convencernos en estos tiempos de que la discusión es si debemos re-estatizarlas o conservar el estado actual de empresas monopólicas privatizadas con concesiones arbitrarias es como darnos a elegir entre aceite de ricino o vinagre. Es sin dudas una FALSA opción a la que muchos argentinos le hacemos el juego, y buena parte de los medios de comunicación son inocente o intencionalmente funcionales.

Existen alternativas. No se trata ya de cuestiones de soberanía, intereses nacionales, bien público, ni nada del folklore habitual.
Las empresas públicas en la Argentina ya han dado prueba de su reiterada inmoralidad, designando amigos a costa del erario publico, siendo cuna de sindicatos privilegiados, apostando a tarifas altísimas con elevados costos de operación, con servicios ineficientes, retrasados tecnológicamente y con grandes dificultades para brindar acceso a todos, una de las tantas razones que pretendieron justificar su existencia.

Las concesiones monopólicas privadas, ya nadie lo pone en tela de juicio, han sido un gran negocio para el Estado en aquellos años ( y para algunos pocos tambien… ) porque pudieron vender empresas que no valían un centavo por sus voluminosos pasivos, a precios impensados y a cambio de otorgar derechos leoninos de propiedad sobre la población prisionera de estas corporaciones que brindan, lo que quieren, como quieren y cuando quieren.

Como en todos los ordenes de la vida, tuvimos empresas públicas de mejor gestión y aún hoy tenemos empresarios propietarios de concesiones privadas que han detentado cierta responsabilidad. Pero la solución no puede ser voluntarista, sinó que debe ser estructural y apuntar a la cuestion de fondo.

Alguna corriente de cierto pensamiento mágico creyó encontrar en los inmaculados organismos de control público la panacea, esa especie de maravilla que pondría limite a los abusos de las corporaciones privatizadas. Solo fue OTRA ilusión. Las corporaciones no le temen a los organismos públicos, le temen a la competencia, por eso construyen sus negocios SOLO donde NO hay competencia, y esto esta garantizado por una norma jurídica que les brinda esta impunidad de mercado por la cual somos sus clientes, aunque no lo deseemos. Para prescindir de sus servicios deberíamos desaparecer de las ciudades o volver a costumbres de nuestros antepasados mas lejanos para obtener los sustitutos de esos servicios.

Los ESPECIALISTAS en este país nos han impuesto la figura del monopolio natural, esto es que, la energía, el agua, las comunicaciones, el petróleo, el gas, entre otros, conforman bienes sociales que solo pueden ser explotadas por UNA empresa. Asi nos impusieron el cerrado debate de empresa publica o empresa privada. Un verdadero mito, el del monopolio natural, que hay que erradicarlo de una vez por todas.

Me resisto a este indemostrable precepto dogmático que nos OBLIGA a pensar en opciones inmorales. El monopolio cuando se construye en base a normas, leyes y sofisticadas construcciones burocráticas es simplemente una estafa contra la sociedad. No importa que extraña línea argumental intente defender con cuestionables explicaciones acerca de la soberanía o la propiedad de cuanto bien social tengamos a mano.

El monopolio privado protegido por las leyes es una inmoralidad, el monopolio público es una inmoralidad perfeccionada. Ambas variantes son las caras de una misma moneda. Los argentinos debemos animarnos a recorrer OTROS caminos para dejar de lado esta sesgada e ineficaz discusión en la que ambas alternativas, nos proponen, tarifas altas y ausencia de competencia, lo que nos coloca en la opción de pagar o pagar por un servicio que ni siquiera podemos dejar de tener.

Hay que trabajar en el sendero de buscar mercados desregulados, segmentándolos y evitando por todos los medios esta sospechosa compulsión de otorgar privilegios a sectores que quieren rehenes y no clientes. El sector privado puede brindar excelentes servicios a precios muy convenientes. Para ello la fórmula solo es libertad, desregulación, competencia y confiar en la capacidad de los seres humanos para elegir tanto sus proveedores como la forma de ofrecer mas inteligentemente los servicios que la comunidad precisa todos los días.

El camino es difícil, requiere de mucha imaginación, pero es preferible intentar recorrerlo, antes que resignarse a este pobre debate que nos propone buena parte de la opinión pública para elegir entre dos falsas opciones. Tan claro como el agua.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes - Argentina

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