La inmoralidad del superávit
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Existe en nuestra sociedad una corriente de pensamiento económico que intenta convencernos de que el SUPERAVIT es una buena noticia. Tal tendencia es dominante.

Frecuentemente los titulares de muchos medios parecen celebrar el anuncio oficial de que el Estado ha recaudado mas que satisfactoriamente. Se hablan de cifras records que se van superando.

La idea es hacernos creer que el “superavit” es el símbolo de la abundancia y de la prosperidad. Esa es la excusa perfecta para empezar a repartir, o dicho en moderno lenguaje político, redistribuir.

Todos sabemos que el Estado financia sus actividades vendiendo sus activos, con impuestos, endeudamiento o emisión monetaria. Asi las cosas, cuando decimos que el Estado ha logrado un SUPERAVIT estamos diciendo que recauda mas de lo que gasta.

Esa forma de ver la economía instala automáticamente el debate de quien se queda con la mayor porción de esa torta de recursos públicos.

Nadie pone en duda, en estos tiempos, que el gasto público nacional, provincial o municipal es altamente elevado. Podemos si debatir acerca de la mayor o menor eficiencia en su aplicación.

En muchos países civilizados cuando el Estado recauda mas de lo que precisa, cumple con algo mas que razonable, esto es, DEVOLVER impuestos.

Esta opción en nuestro país parece inviable, impensable, y jamás esta en la agenda. Todos prefieren festejar esto como una gran noticia, preparándose en ambos bandos, los unos para repartir y los otros para presionar obteniendo esa tajada que permitirá la tan perversa redistribución de ingresos.

Es importante recordar que el Estado tiene funciones esenciales que cumplir. Según desde que mirada ideológica nos coloquemos, estas tareas públicas incluirán mas o menos actividades. Independientemente de esas muy relevantes cuestiones, que al menos para éste análisis, resultan indiferentes desde lo conceptual, lo concreto es que hablamos siempre de aumentar el gasto, de discutir criterios de distribución, de quien se lleva eso que “sobra”.

Es evidente que muchos participantes de la política actual tienen intereses creados respecto de esta visión económica. Después de todo, el rol de DISTRIBUIDOR suele ser muy seductor para la clásica dirigencia política.

Todos los protagonistas funcionales de esta historia cotidiana de la Argentina se ocupan ( y se seguirán ocupando ) de darle rigor científico y soporte intelectual a esta atrofiada forma de interpretar la economía.

Sus intereses mas mezquinos están en juego. Apelarán a este recurso solo para satisfacer apetencias políticas, apuntando a que los “muchachos” aplaudan en el próximo acto y apoyen cualquier proyecto partidario o incluso, porque no, personal.

Los “especialistas del lobby” sindical saben que la única manera de sacar provecho sin ofrecer nada a cambio es volverse partidarios de este modo de entender la economía.

En definitiva, mientras que para muchos comunicadores el SUPERAVIT sea sinónimo de bienestar de la sociedad, estamos realmente en problemas. Le estamos haciendo el juego a sectores minoritarios que arbitrariamente deciden acerca de los presupuestos públicos como si fueran los propios.

El superavit, como concepto, es básicamente una inmoralidad. El Estado debe tener un tamaño razonable, ser austero y un ejemplo para la comunidad. No importa si hablamos del municipio, de la provincia o de la Nación.

Esto de repartir lo que SOBRA encierra una gran falacia. No sobra NADA. Y si algo esta de mas, son esos impuestos que la sociedad soporta dia a dia.

Algunos pretenden tranquilizar sus conciencias ilusionándose con que estos recursos en “exceso” que se obtienen, los pagan los exportadores con las retenciones, los empresarios con el impuesto al cheque, o los mas poderosos con el impuesto a las ganancias.

Para esos que aun creen en esas ideas, solo cabe recordar que los impuestos SIEMPRE se trasladan al consumidor, al empleo, a la inversión o al endeudamiento privado.

Los impuestos indirectos son tambien parte de esta historia. Esos que impactan en el trabajo, en el consumo, en lo que pagamos cada vez que compramos una mercadería o adquirimos un servicio.

En economía TODO se paga. Lo que no genera riqueza solo la destruye. Y es sabido que lo único que permite crear riqueza es la producción; ese proceso por el que los seres humanos somos capaces de multiplicar bienes o servicios incorporándole, entre otras cosas, creatividad y esfuerzo.

No esperamos que los dirigentes políticos devuelvan impuestos o dejen de emitir dinero. Tampoco se trata de ilusionarse con que los “profesionales del lobby” utilicen sus habilidades para que los gobiernos reintegren esos exagerados impuestos que nos cobran a diario. La ambiciosa aspiración de este artículo es que la próxima vez que alguien elogie la excelente recaudación del Estado en cualquiera de sus estamentos y el bendito superavit que se ha logrado, reflexionemos acerca de esa voracidad fiscal que alimenta los intereses de los menos, en detrimento de los mas. Simplemente, una inmoralidad.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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