Para todos los hombres del mundo que quieran habitar…
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Cierto funcionario del Gobierno se hizo presente en la propiedad privada de un extranjero para llevar a cabo un acto, que mas allá de lo simbólico, ha sido el eje de muchos comentarios periodísticos en las ultimas semanas.

Se le ha pretendido dar especial valor a este hecho. Un grupo de dirigentes, de los autodenominados sociales, decidió darle un significado casi libertador del imperio. Otros quisieron vincularlo a la soberanía y la recuperación de tierras para los nativos. Los mas ambiciosos, aspiraron a darle un sentido conservacionista y ambientalista.

Existió, en verdad, concreta violación a los derechos de propiedad, agravada por la presencia del funcionario, su escasa autocrítica, la actitud revanchista de ciertos legisladores y el silencio cómplice del actual Gobierno que habla por lo que calla. Los riesgos institucionales de no respetar los derechos consagrados en la Constitución, la actitud poco transparente de la Justicia que no actúa de oficio frente al funcionario que excede sus límites, y el innegable impacto en el flujo de inversiones futuras de este suceso, son solo agregados a esta cuestión. De esto se han ocupado y mucho los medios de comunicación.

Preocupan distintas aristas. Pero la idea es detenerse especialmente en el costado xenófobo y cargado de prejuicios ideológicos que subyace en el acto en sí, y en sus repercusiones públicas mas evidentes.

Frente a lo sucedido cabe preguntarse que hubiera pasado si el inversor propietario de estas tierras no hubiera sido nativo de los EEUU. Cual seria el discurso mediático si estuviéramos frente a un boliviano, peruano, chileno, uruguayo, paraguayo, brasilero, o bien alemán, francés, panameño, mexicano, australiano o coreano ?.

En una Nación cuya Constitución en su preámbulo dice “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, suena al menos contradictorio no solo la actitud del funcionario sinó tambien de algún sector de la sociedad que adhiere tácitamente al gesto brindándole una legitimidad al menos opinable.

Si el terrateniente no hubiera sido norteamericano seguramente este hecho no hubiera tenido la repercusión que tuvo. Tal vez ni siquiera hubiera existido.

Preocupa ver estos actos de xenofobia en un país que supo ser un crisol de razas, que debe buena parte de los éxitos de su historia a esos inmigrantes que hicieron grande esta Nación. De ellos somos descendencia directa muchos de los que hoy nos enorgullecemos de ser argentinos.

Encontrar criollos puros en estos tiempos es una tarea ardua. Somos un conglomerado de seres humanos que debemos nuestra existencia a esos extranjeros que buscaron un mejor futuro para ellos y para sus hijos hace unas cuantas décadas. Por eso cuando se ataca a un individuo por la sola razón de no ser argentino tenemos que tener especial cuidado.

Los argentinos solemos tener ese discutible hábito de juzgar lo que sucede según quienes sean sus protagonistas. Cuando se trata de amigos, solo ha sido un desliz, una distracción o algo menor absolutamente inofensivo. Cuando la irregularidad viene de la mano de alguien que carga en sus espaldas el pecado de no ser connacional, o no pertenecer a la América morena o simplemente no ser parte de una humilde familia, pues entonces pretendemos una ley dura, inflexible y si fuera posible que declare ilegal ese hecho que ni siquiera lo es.

No se trata de justificar lo injustificable, tampoco de minimizar aquello que roza la ilegalidad. Se trata simplemente de respetar los principios básicos de esa Constitución Nacional que nos hizo alguna vez grandes albergando a nuestros padres, abuelos y bisabuelos, esos héroes que sin educación formal, las mas de las veces, sin una moneda en sus bolsillos, transformaron esta Nación a base de trabajo y de un país que tuvo la virtud, como casi ningún otro, de abrirle sus brazos dándole la bienvenida a esos hombres y mujeres que vinieron a sumar.

Cuando un habitante de este país, nativo o extranjero, comete irregularidades, pues hay que pensar en que la ley debe hacer lo suyo. No se trata de que sea argentino o extranjero. Se trata de su respeto o desprecio por las normas mas elementales de convivencia que rigen en esta sociedad.

No sabemos cual sera el final de esta historia. El espíritu de revancha, ese resentimiento que arrastramos de las últimas décadas contra todo lo que no se ajusta a nuestras creencias, ese costado de intolerancia que cada vez mas forma parte de nuestra escala de valores, son temas sobre los que, seguramente, tendremos que trabajar.

Los constituyentes de 1853 que plantaron los pilares fundamentales del futuro de esta Nación no estaban llenos de odios, ni tuvieron las mezquindades que caracterizan estos tiempos. Estaban mostrando un camino de amplitud en las ideas, de tolerancia al pensamiento diferente y un patriotismo que hoy lamentablemente no es moneda corriente. Pensaron en grande. Por eso escribieron “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”

Alberto Medina Méndez
03783-15602694
Corrientes – Corrientes – Argentina
amedinamendez@gmail.com

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