Pan para hoy, hambre para mañana
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La titular del Ministerio de Economía, Felisa Miceli, se ha encargado de defender el actual valor de la moneda estadounidense, que ronda los 3,12 pesos, admitiendo que si el Banco Central (BCRA) dejara de intervenir en el mercado cambiario, la cotización se ubicaría alrededor de 2,30 pesos.

Como para reafirmar esta visión sostuvo, días atrás, que “Es un pilar de la política económica de este gobierno que el Banco Central compre dólares para aumentar reservas y mantener alto el tipo de cambio”.

Durante muchas décadas en la Argentina se planteó esta controversia de dólar alto versus dólar bajo. Uno, el actual, aparecía como el sinónimo de la defensa de la industria nacional, el otro, solo como una forma de favorecer el poder adquisitivo de los salarios. En ambos casos, verdades a medias.

Hace algún tiempo, con la llegada de la devaluación, este debate encontró un nuevo hito. Resulta complejo encontrar en los ámbitos académicos, mediáticos y, obviamente en los políticos, gente que plantee los verdaderos riesgos e incluso algunas certezas, respecto de lo que sucederá invariablemente como consecuencia de este tipo de conductas intervencionistas tan propias de las corrientes ideológicas que dominan los claustros universitarios.

Este opinable estilo de manejar el mercado cambiario controlando la moneda, no es nuevo en la Argentina. Salimos de una experiencia no tan lejana, como la convertibilidad que “ataba” el tipo de cambio a valores tan subjetivos como caprichosos.

Durante esa época, muchos argentinos creíamos tener una moneda tan fuerte como la norteamericana y nos ufanábamos hablando de operaciones en dólares como si tocáramos el cielo con las manos. Por momento pensamos que estábamos en el primer mundo.

Ese modelo fracasó. Solo vivimos una ilusión, mas larga de lo que preveían muchos, siempre recurriendo a herramientas económicas tan perversas como inmorales.

Hoy, como en los 90, los argentinos vivimos otra ilusión. Esta vez se trata de sostener el dólar con instrumentos tan reiterados como ineficaces. Ahora se nos intenta convencer que tenemos una economía internacionalmente competitiva y que somos exportadores en continuo crecimiento.

Lamentablemente estamos camino a otra desilusión. Es solo cuestión de tiempo. La competitividad apoyada en medidas como estas, solo nos conducen a distorsionar el mercado haciendo crecer actividades inviables y estimulando inversiones en sectores de la economía que no lo ameritan.

Las fortalezas de la actividad agropecuaria de nuestro país, de su potencia exportadora y generadora de riquezas, no se explica en una política cambiaria como la actual, sino en una economía mundial en crecimiento, y en las habilidades propias de ese sector de la economía nacional. El dólar alto solo compensa las siempre criticadas retenciones y esta presión fiscal sin precedentes que neutraliza las “supuestas” bondades de este tipo de decisiones oficiales.

Las loables intenciones gubernamentales de incrementar las reservas, se están logrando a costa de una inflación que intenta disimularse pero que castiga a los más pobres, a esos que no tienen ocupación, ni empleo regular o el acuerdo sindical que los incluya en los aumentos corporativos.

Los elevados costos de la tecnología, nos hablan de un futuro de desinversión en bienes de capital que, sin duda alguna, se hará sentir más tarde o más temprano.

No nos llamemos a engaño. Nuestra moneda no se fortalece, muy por el contrario, se debilita día a día.

Hace tiempo que nuestros iluminados economistas intervencionistas hablan, y encima hacen, de acuerdo a las escuelas que promueven la necesidad de llevar adelante políticas activas por parte del Estado.

Las consecuencias nefastas ya las vivimos muchas veces en la historia. Parecemos no haber aprendido y seguimos comprando espejitos de colores.

Es difícil creer que estamos transitando un camino que nos evitará dificultades. La brújula del mercado está imantada. Tanta intervención estatal no asigna los recursos, siempre escasos, de la manera más eficiente. Solo consigue orientarlos según los caprichosos arbitrios de los gobernantes de turno.

El gobierno actual justifica este dólar alto bajo el argumento de darle competitividad a la economía, y llevar adelante el proceso de sustitución de importaciones, fortaleciendo las reservas del Banco Central vía compras permanentes.

Hoy en realidad, la política cambiaria esta en un callejón. La imprescindible necesidad de mostrar un panorama fiscal equilibrado, tiene en el componente retenciones, un aliado que no puede abandonar en el corto plazo. El elevado gasto publico, precisa de mucha recaudación y emisión.

La política monetaria actual no es demasiado diferente a la tan criticada de los 90. Todas las folklóricas aventuras cambiarias de nuestra historia nacional encuentran sustento en la mesiánica formación de políticos y economistas locales, que intentan derrotar al mercado.

Los resultados ya los conocemos….. pan para hoy, hambre para mañana.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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