Aprender a protestar
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Piquetes, marchas, cortes de rutas y puentes, paros del campo, pedidos de aumento salarial con métodos similares, han pasado a ser parte de un lamentable escenario al que parecemos habernos acostumbrado como sociedad.

Muchos argentinos están convencidos de que esta forma de manifestarnos es eficaz, pacifica y legitima.

Resulta difícil compartir esa idea. La legitimidad del reclamo debería estar asociada a las causas justas, cosa que no siempre sucede en estos casos que ocupan los titulares de los diarios.

Por ordenados que sean estos modos de expresión, asumen casi siempre, una importante cuota de intolerancia, autoritarismo e imposición, obteniendo repercusión mediática en base a vulnerar derechos de terceros.

Algunos intentan encontrar justificación aduciendo que el Gobierno ejerce mayor violencia cuando discrecionalmente toma decisiones que afectan determinados intereses.

Más allá de la veracidad relativa de estas afirmaciones, no se trata de ver quien viola MAS los derechos. No se legitiman actos en función de la ilegitimidad de otros.

Lo que sigue quedando claro es que los argentinos tenemos una permanente imposibilidad para canalizar nuestros reclamos, encontrando consuelo en argumentos tan simplistas como infantiles.

Esas decisiones gubernamentales, con las que no siempre acordamos, están tomadas por funcionarios que aterrizaron en sus puestos contando con el apoyo formal de miles y hasta millones de votantes que los colocaron allí.

Este lenguaje extorsivo con el que pretendemos comunicarnos socialmente no nos puede llevar finalmente a nada bueno.

El enfrentamiento entre nosotros, el mero hecho de perjudicarnos para llamar la atención de los medios, practicar ese triste juego de mendicar derechos no puede ser jamás legitimado por una comunidad que apueste seriamente a lograr avances institucionales.

Los cambios no se consiguen con métodos tan inmorales como los que se aspira combatir.

Cuando los argentinos aprendamos a plantear nuestras diferencias, a defender los mas básicos derechos, con mas democracia, con mas institucionalidad, probablemente tengamos una chance de mostrar que somos serios y que los gobiernos, cualquiera sea su signo político, meditarán antes de tomar decisiones de este tipo.

Los gobiernos, la política tradicional, el poder en general, solo respetan a la sociedad, en tanto ella es capaz de retirarles esa herramienta que les posibilito el acceso a sus puestos.

Los cortes, piquetes, movilizaciones o cuanto formato de manifestación popular se plantee suele gozar de poca aprobación social.

Estas prácticas se están generalizando lamentablemente. Las utilizan los profesionales del chantaje para conseguir ventajas sindicales, planes sociales, o aumentos oportunistas. Pero también caen en esta trampa, desde los sectores que reclaman justicia a otros que plantean cierta discriminacion.

Se mezclan así alguna ingenuidad de justas causas, con chantajistas aprovechadores y especuladores de la política. Resulta así complejo separar la paja del trigo.

Si queremos recuperar la dignidad, si pretendemos merecer el respeto de nuestros hijos, si apostamos a ser mas que ayer, tendremos que desaprender esta forma de comunicarnos.

Las decisiones importantes, las formas, los reclamos, se plantean institucionalmente luchando allí donde corresponde, desnudando la corrupción del sistema y planteando a legisladores y a funcionarios los cambios que consideramos necesarios.

La sociedad debe orientar la acción de sus gobernantes, pero no apostando al triste ejercicio de la mendicidad, o de la extorsión.

No son las únicas formas. La ley de la selva esta reservada a otras especies. No se trata de la supervivencia del mas apto, ni de la típica picardía local.

Seguir con esto, no sirve. Solo le estamos dando de comer a los oportunistas de siempre y reforzando el poder de quienes se dan el lujo de hacer lo que quieren, cuando quieren y como quieren.

Los caminos los brinda la Republica y la democracia. Debemos animarnos a recorrer los senderos de la institucionalidad. Sabemos que es más difícil. Hasta probablemente esta opción nos ponga pesimistas.

Lo concreto es que el rumbo actual no nos conduce a ninguna parte. Solo a una mayor desintegración. Alejarnos de la vía institucional, conlleva otros peligros que exceden el análisis de cada reclamo.

Instalar estas modalidades como viables y efectivas atentan contra el futuro de nuestras sociedades. Va siendo tiempo de apelar a la imaginación, pero por sobre todas las cosas, de proponernos la necesidad de aprender a protestar.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes – Corrientes – Argentina.

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