Una conquista gremial llamada estabilidad
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Se han anunciado en los últimos días diferentes paros de actividades. Por un lado de los docentes que no dictarían clases y por otro los empleados municipales que interrumpirían los servicios.

Mas allá de la eventual legitimidad que puede rodear a casi cualquier reclamo gremial, es inevitable la indignación que buena parte de la sociedad percibe cuando poco se insiste en lograr soluciones amigables y se prefieren estos detestables métodos. La comunidad tiene, por otra parte, todo el derecho a pensar, que algún ingrediente político se mezcla invariablemente en estas medidas sindicales.

Las relaciones laborales encuentran su justificación en una necesidad mutua de empleador y empleado de cooperar para el logro de un objetivo. Por ese acuerdo establecen sus respectivas contraprestaciones, es decir obligaciones y derechos de cada una de las partes.

Este vínculo en la actividad privada, implica justamente acordar condiciones laborales, entre ellas las remuneraciones, que ofrecerá el empleador a cambio de determinadas tareas que prestará el empleado. Cuando las condiciones son desfavorables para cualquiera de las partes, estas se verán necesitadas de establecer un maduro dialogo en la búsqueda de un entendimiento superador que permita aproximar sus realidades y continuar con esa relación que en algún momento los unió.

Si eventualmente no llegaran a acordar, alguna de las partes tomara OTRA decisión. Si el empleado no logra conformidad con sus condiciones buscará nuevos rumbos laborales. Si el empleador no puede sostener el vínculo, lo concluirá.

En esta relación privada, el empleador defiende sus valores e intereses, y el empleado obviamente también. En definitiva si las decisiones no son las correctas, si no se acuerda, si se acuerda en condiciones desfavorables, cada uno está administrando su patrimonio y, en definitiva, tienen el derecho a equivocarse porque financian sus propios errores.

Esto que resulta tan cotidiano en el ámbito privado, no es la moneda corriente del sector público. Allí, una SUPUESTA conquista gremial, llamada ESTABILIDAD convierte al empleador en PRISIONERO. El tema pasa por saber quien financia esa “conquista”. Ese logro que facilitó graciosamente cierta dirigencia irresponsable no es abonada por los que tomaron la decisión sino por los ciudadanos que en este caso, como contribuyentes, sostienen una victoria gremial con sus ingresos, esos que provienen del esfuerzo individual de cada uno de nosotros.

Los recursos económicos que mantienen viva esa conquista de los menos, son los que provienen del sector privado que paga irremediablemente esa fiesta. El carnicero, el empresario, el cuentapropista, el empleado del sector privado paga con su esfuerzo cotidiano esa estabilidad de la que no goza en su ámbito.

Cada trabajador del sector privado, cada emprendedor, inicia su jornada, con muchas incertidumbres y aprende a convivir con ellas. No tiene garantizado ni el empleo, ni el crecimiento, ni sus condiciones laborales, ni su salario. Tampoco el empresario tiene garantías acerca de su supervivencia como tal, ni su rentabilidad, mucho menos aun el futuro crecimiento de su negocio.

En el sector privado se compite, se lucha por el peso día a día y no hay fórmula jurídica que pueda sostenerlo. Se trata de poner el máximo de esfuerzo, de no perder la concentración y de satisfacer al mercado de la forma mas eficiente posible ofreciendo soluciones a la comunidad a un costo razonable. NO hacerlo deja afuera del mercado a cualquier proyecto por prolijo que sea, por interesante que parezca.

El sector público goza de una doble impunidad. Los empleados pueden reclamar utilizando metodologías controvertidas, extorsionando a sus empleadores y amenazándolos con no prestar el servicio incluso no concurriendo a sus puestos de trabajo, no aceptando por otro lado, descuento alguno.

El empleador solo puede aceptar ese modelo extorsivo de negociación. Después de todo, a diferencia del sector privado, no financia directamente este jolgorio, sino que lo pagan los ciudadanos, quienes también finalmente son las victimas.

La cosa esta clara. Mientras no podamos siquiera revisar el concepto de ESTABILIDAD estamos en problemas. Este modelo de “paro cuando quiero”, “pago lo que pidan” tiene un destino irremediable. Mas tarde o mas temprano tendremos que sentarnos a discutirlo como sociedad. Ser empleado público, ser servidor del Estado debería ser un orgullo y no un privilegio. Los haraganes, los vivos, los mercaderes de la política y un sector importante del sindicalismo, le hacen flaco favor a la deteriorada imagen de quien, financiado por su pueblo, tiene el deber de responder con creces en esfuerzo y merito.

Nada va a cambiar en la picara actitud de dirigentes sindicales presionando hasta el cansancio. Tampoco veremos grandes cambios en quienes administran la cosa pública. Después de todo, operan de acuerdo a sus propias reglas. Un tironeo salarial es solo el escenario circunstancial, pero el trasfondo sigue siendo el mismo.

Los gobernantes tendrán que recordar que tienen obligaciones formales que cumplir. Los servicios que debe prestar de acuerdo a las leyes, deben ser garantizados. Las herramientas para lograrlo tal vez estén disponibles. Solo hay que ver si se tiene la valentía de utilizar cada oportunidad disponible para que no seamos los ciudadanos quienes finalmente seamos los rehenes de una disputa tan perversa como injusta.

Algo debe quedar claro. Esa conquista gremial llamada estabilidad significa que los sectores mas empobrecidos de la sociedad financien al mas ineficiente e improductivo sector de la economía. El Estado se sostiene con el esfuerzo de los que producen, quienes trabajan para el sector público deben hacerlo con responsabilidad y respeto por quienes lo hacen viable. Pretender reglas diferentes, seguridades de las que solo ellos gozan es pedir privilegios, y eso tiene un solo nombre: Inmoralidad y no Conquista.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes – Corrientes – Argentina

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