El periodismo y el derecho a la verdad
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Para quienes, de una u otra forma, estamos vinculados a esta actividad la fecha siempre trae consigo las salutaciones de rigor. No quedarnos en la superficialidad de la celebración es casi una obligación adicional.

Es fácil caer en la trampa que nos propone la omnipresente vanidad. Es una opción válida. Sin embargo tenemos otra. Se trata de establecer un juicio crítico que nos permita superar nuestras debilidades dando un salto de calidad.

Un debate siempre vigente entre los comunicadores es el que protagoniza la libertad de expresión en un marco que posibilite desarrollar la profesión con creatividad y coherencia moral.

Se pueden comprar voluntades y el periodismo no solo no es la excepción sino, tal vez, una de las expresiones mas acabadas de esta forma de relacionarse entre seres humanos. No parece incorrecto plantear el debate moral que se vive dentro y fuera de la actividad.

A nadie escapa que el periodismo como institución goza de mayor o menor credibilidad. La misma tiene estrecha vinculación con la presunción social respecto de quienes financian una forma de expresarse dentro del juego del poder. La credibilidad de los periodistas es evaluada día a día. Tal vez sea ese el mayor capital de quienes se dedican a la noble ocupación de comunicar.

Muchos de los que han abrazado esta profesión, particularmente los que la han elegido con pasión, luchan a diario con el conflicto moral que implica optar entre expresar lo que se piensa o ser simples voceros del pensamiento ajeno.

Es difícil sostener este equilibrio sin que un profundo replanteo ético nos aborde. Resulta, sin dudas, totalmente lícito ejercer el rol de comunicadores de quienes deciden contratar a un profesional para expresar con mayor claridad un mensaje. De eso se trata. En eso consiste uno de los costados más apasionantes de la actividad.

Tal vez en el campo de la política es donde mas claramente se visualice esta cuestión. Convertirse en el comunicador de una idea, trabajar para unos u otros, genera esa doble sensación de estar ejerciendo un derecho, una profesión, al mismo tiempo de enfrentar frecuentes contradicciones respecto de las propias creencias.

El rol de comunicador, el ejercicio del periodismo, requiere sin dudas de una templanza particular, requisito ineludible para quienes han decidido abrazar este oficio. Los que por su parte han elegido dedicarse a la política precisan de especialistas que permitan brindar el mensaje correcto para llegar adecuadamente a la ciudadanía. Ese también es un propósito tan lícito como legítimo.

No existe, por cierto, hasta aquí conflicto moral alguno. Lo opinable, pasa por cuestiones mas concretas que tienen que ver con “esconder” adrede esa vinculación económica abusando de los desprevenidos destinatarios del mensaje para que no sospechen acerca del sesgo de esa opinión periodística y asuman como propia una visión que es solo prestada, o mejor dicho “alquilada”.

El otro costado también criticable se encuentra del lado de los contratantes, quienes tienen sin duda alguna, la oportunidad de buscar profesionales que ayuden a conseguir una mejor comunicación con la comunidad. Nada por criticar a quienes contratan esos servicios cuando claramente invierten sus propios recursos obtenidos como producto del esfuerzo individual en el libre juego del ejercicio de actividades lícitas.

Lo siempre repudiable será esa actitud de algunos miembros de la clase política, de utilizar los recursos del Estado, los fondos de todos los ciudadanos, para conseguir el favor de ciertos comunicadores en provecho propio. Significa eso que todos financiamos, pagamos, abonamos el despliegue de intereses sectoriales.

Ser contratados para esta misión, no es un pecado. Es un medio lícito de ejercer la profesión. Lo opinable pasa por engañar con intencionalidad, ocultando información vital a oyentes, televidentes o lectores para que la elección de los consumidores se haga en forma transparente conociendo quienes financian los proyectos periodísticos, sobre todo cuando se encuentran de por medio, fondos públicos.

Prestar servicios periodísticos y obtener una compensación económica a cambio, no tiene nada objetable. Muy por el contrario, es tan digno como hacer ese intercambio voluntario en cualquier otro oficio. No existe distancia alguna respecto de cuando pagamos un dinero por un servicio recibido por quien ejerce con dignidad una profesión ( médico, abogado, contador, etc ) u oficio ( plomero, carpintero, herrero, etc )

La tan mentada prensa independiente es una idea vacía. Siempre existe compromiso respecto de alguna idea. Estas pueden ser funcionales a cualquier forma de poder estatal o privado. La independencia de todo, es solo una construcción intelectual inexistente. Siempre, la opinión esta sesgada por un compromiso ideológico o de vínculo con una línea editorial que responde a algún interés, sea este estatal o privado, personal o público, económico, religioso, sindical o político.

Ejercer el periodismo, llevar adelante la tarea de comunicar, es una labor tan apasionante como digna. Como tantas otras profesiones tiene sus aristas. La autocrítica pasa por revisar la deuda pendiente con la sociedad, y esto plantea un gran desafío.

El periodista, el comunicador, tiene el derecho a optar acerca de la forma de ejercer su profesión. Los oyentes, lectores y televidentes, tienen también el derecho a elegir como formarse o informarse. También de elegir a través de que medios y con que comunicadores acompañar la realidad.

Las libertades deben ser respetadas. Los que pretendemos comunicar tenemos el derecho a ejercer la profesión en un marco de libertad. Los destinatarios del mensaje tienen el derecho equivalente a la verdad.

Honrar el oficio, hacer digna esta profesión, no depende del lugar en el que se trabaje, ni para quien se trabaje, sino de los valores morales de quienes han elegido en libertad esta responsabilidad.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Corrientes – Corrientes - Argentina
03783-15602694

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