Pedirle peras al olmo
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La política es el escenario sobre el que muchos se montan para atacar lo peor de las actitudes de la humanidad. Creen que la política, los políticos tienen el patrimonio exclusivo, el monopolio de todos los males de humanidad. Inmoralidad, corrupción, ausencia de principios, falta de escrúpulos, historias de traiciones, parece ser lo habitual en el campo del ejercicio de la actividad.

Sin embargo, esto no es demasiado diferente, en otros ámbitos como el deporte, la cultura, las ciencias, las relaciones interpersonales, la familia, la religión o las empresas, por solo citar algunos ejemplos. Hablamos de una característica humana, desarrollada, en mas o en menos, según las distintas sociedades.

No debe sorprendernos, por tanto, cuando los políticos contemporáneos no tienen demasiados pruritos para formar parte de una alianza o de otra, seguir al oficialismo o a la oposición, ya no según sus creencias, sino simplemente de acuerdo solo a sus conveniencias.

Vivimos en un mundo, en una sociedad, donde AUN muchos no descubrieron los dividendos que paga la honestidad, la defensa de los principios, e intentar alinear la vida cotidiana con los valores personales.

Obviamente, aquellos que no poseen esos valores, que no saben de principios, que ni siquiera se han tomado la tarea de preguntarse sobre ello, viven en una razonable armonía con esa realidad. Por eso siquiera perciben sus contradicciones.

Porque habríamos de horrorizarnos cuando los medios de comunicación se hacen eco de que ciertos dirigentes deciden apoyar al oficialismo porque conducen comunas o porque simplemente eso les posibilitará obtener algunos cargos, o acceder a determinados privilegios.

Tampoco podemos sorprendernos cuando otros dirigentes, dicen querer cruzarse de vereda previendo la caída del oficialismo, para capitalizar ese otro espacio que queda disponible frente a la convocatoria que los oficialismos suelen lograr apoyados siempre en el poder de administrar el dinero de todos con la discrecionalidad que solo pueden ejercer los que no tienen demasiados escrúpulos.

Los que se dedican a esta manera de hacer política, provienen de ámbitos en los que el desempeño de sus profesiones, no es demasiado distinta. El juego del poder, una vida sin escalas de valores, permite decidir sin cuestionarse mucho entre lo correcto y lo que no lo es.

Nadie duda de las posibles cualidades intelectuales de estos personajes públicos. Tampoco de las buenas intenciones que suelen rodear a la decisión de participar en determinado momento de sus vidas en la activa vida democrática.

Lo que queda claro es que no pueden debutar en el uso de valores que no poseen cuando ingresan a la política, sino que la ausencia de esos principios es anterior a esta decisión. No es que la política sea mala, ni que los hombres que la practican sean mal intencionados. Simplemente no poseen una escala de valores, y la sociedad no ha decidido exigirla como requisito.

Hemos caído en la trampa de demandar como sociedad, solo experiencia en la gestión, trayectoria en la militancia, y no principios o valores.

Por lo tanto, no nos podemos quejar demasiado. No se trata de saber si tienen experiencia en decidir, si son hombres o mujeres. Es bastante mas simple. Se trata de valores, de principios, de ideologías, del conjunto de ideas que nos brinden mayores garantías respecto de cómo decidirán en situaciones limite, eso que los hace mas predecibles, para que podamos votar a quienes queremos votar y no nos encontremos con sorpresas siempre desagradables.

Mientras nos enfoquemos en COMO lo hacen y no en QUE hacen, solo tendremos historias como las que ya conocemos, léase un grupo de seres humanos, aparentemente bien intencionados, que deciden según los vaivenes de sus intereses y las preferencias que imponen sus conveniencias. Nada bueno puede derivar de ello.

Aquellos que no tienen valores, los que ni siquiera son capaces de decir lo que piensan por temor a lo que se opine acerca de ellos, no merecen la confianza popular.

Hace tiempo nos reina el discurso de la gestión. Hemos llegado a endiosar todo lo que muestre eficiencia, olvidando que lo eficiente lo es respecto de algo, en este caso en relación a sus fines, a sus objetivos.

Hemos dejado de lado la discusión IMPORTANTE acerca de QUE es lo que debemos hacer, y nos hemos enfocado en la actualidad solo en ver COMO lo hacemos. Así nació este discurso eficientista que invade al planeta, que deja de lado las ideologías reemplazando a estas, por algo que solo presume cierto pragmatismo.

La ausencia de esos valores se hace evidente día a día, en esa forma de resignación social que intenta justificar lo inmoral asumiendo que es parte del sistema. No se puede esperar nada positivo de quienes siquiera pueden demostrar de donde se originan los fondos que financian sus campañas. No tienen escrúpulos para ello, por lo tanto no lo tendrán cuando deban ejercer responsabilidades públicas.

Es tiempo de exigir valores. Si esos principios no pueden visualizarse claramente, pues no están presentes. Mientras tanto, no esperemos demasiado de quienes ya dieron muestras evidentes de cómo razonan. Aquellos que se valen de cualquier herramienta para imponer sus ideas no pueden ser democráticos. Si no lo fueron siendo oposición, mucho menos lo serán desde el oficialismo. Si ejercieron el poder de esta manera, que se puede suponer que modifiquen ahora. Renovar esperanzas por simples cambios de nombres, no resulta demasiado inteligente. Por ahora parece que, como sociedad, solo sabemos pedirle peras al olmo.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783-15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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