El desafío de la coherencia
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En casi todos los órdenes de la vida resulta difícil ser coherente. Alinear discurso y acción no es tarea sencilla. No lo es para los individuos, mucho menos aun para las sociedades y sus gobiernos.

En materia de política internacional los Estados viven en permanente debate al respecto, para decidir de que lado ponerse frente a determinadas circunstancias. Lograr ese delgado equilibrio implica respetar la soberanía de otros pueblos para elegir sus formas de gobierno y también sus gobernantes. No solo pasa en estas latitudes. A la inmensa mayoría de las naciones, les sucede.

Sostener la dualidad que implica respetar a otros pueblos a través de sus circunstanciales gobernantes aun disintiendo con visiones y métodos, no es una simple labor.

El protocolo vino, por otro lado, a ocupar ese espacio que “obliga” a ciertas formalidades que pretenden cubrir cuestiones de buena educación y relación civilizada.

Nuestro actual gobierno nacional ha elegido el camino de establecer sus vínculos internacionales según la simpatía que les provoca el líder de turno. Hay que decir, tal vez, que esta forma de ver la política internacional omite una importante cuestión. Enfoca la relación en sus líderes y no desarrolla lazos con los pueblos, sino solo a través de los eventuales detentadores del poder.

En ese contexto, y habiéndose el gobierno argentino declarado ferviente defensor de los derechos humanos es lógico que nos preocupe lo que sucede en el mundo en relación a estas cuestiones.

Más allá de la sensación de cierta parte de la sociedad argentina que critica el espíritu revanchista del discurso pro derechos humanos puertas adentro, bienvenida la justicia y en esto, cabe esperar que las instituciones respondan sin repetir la historia, brindando juicios justos, con garantías, esas que no tuvieron muchos en el pasado.

Es difícil no simpatizar con la idea de proteger derechos tan elementales como la libertad de culto, de expresión o de conciencia. Buena parte de la sociedad aspira a poder debatir, disentir, en un marco de respeto y tolerancia. Soñamos con ser plurales y transitamos el arduo camino de aprender estos códigos que implican toda una oportunidad para quienes, hasta ahora, solo logran aceptar parcialmente los valores que implican una republica.

Por eso, en estas circunstancias, ha traído consigo una importante controversia, el haber recibido en nuestro país, con importantes honores y en un acto público, a un dictador, que ha llegado al poder de modo violento, con el uso de las armas, sin una elección democrática mediante, y que tiene en su haber reiteradas denuncias internacionales que lo relacionan con una creciente cantidad de presos políticos, esos que, precisamente, no comparten sus ideas.

Esta descripción encaja perfectamente con el nombre del dictador africano, Teodoro Obiang, quien conduce los destinos de Guinea Ecuatorial desde 1979. Se dicen cosas terribles de este tirano. Buena parte de ellas se presumen ciertas.

Paradójicamente esta descripción también se ajusta totalmente a Fidel Castro, el dictador cubano que llego al poder por la fuerza, armas mediante y se sostuvo allí por décadas. Las Naciones Unidas ha sido el ámbito elegido para las reiteradas condenas a su régimen, fundadas en las permanentes violaciones a los derechos humanos que se le imputa, incluidos sus ya famosos presos políticos. La Argentina rara vez tomo la posición esperada frente a semejantes atropellos.

No es la idea de esta nota analizar si la visita del presidente africano ha sido un papelón internacional o no, o si el canciller cometió un error que puso incomoda a la Presidente obligándola a “despacharse” con un discurso, al menos incomodo para el “invitado”. Esos no dejan de ser asuntos domésticos de menor relevancia y que solo muestran cierto grado de informalidad e improvisación.

Tampoco importa demasiado si el dictador africano fue convocado para firmar convenios de integración económica a las luces de su creciente desarrollo económico y sus riquezas en materia de energía. Esas serían solo cuestiones de mera conveniencia material. Después de todo para intercambiar bienes no resulta preciso comulgar con los valores morales de quienes nos compran o venden. Si así fuera casi seguro las naciones debieran aislarse. La magia del mercado justamente consiste en esa extraña fuerza natural que hace que contribuyamos entre nosotros, sin darnos cuenta, casi incluso en contra de nuestros propios principios.

No es esa la cuestión de fondo. Solo vale la pena apuntar a esta pendular actitud nacional que califica a los dictadores según sus simpatías, y no según sus actos. La cuestión de los derechos humanos es una causa noble. De eso no hay duda. Ojala tuviéramos el coraje de ser denunciadores internacionales de cuanta dictadura anda aun desplegándose por el planeta. Para ello resultaría preciso despojarse de los prejuicios infantiles que nos hacen defender lo indefendible.

Ofrecer las escalinatas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires al patético dictador cubano, para que se pavonee frente a sus fans, es una ofensa no solo a nuestra recitada posición pro derechos humanos, sino lo que es mas grave aún, una bofetada al pueblo cubano, que no se puede dar el lujo de manifestarse libremente en la isla, sin correr el riesgo de ser apresado, cuando no torturado, por pensar diferente.

Los dictadores no se clasifican en simpáticos o antipáticos. La tiranía implica soberbia, crueldad y por sobre todo supone la desaparición de las libertades políticas e individuales más elementales. No caben los atenuantes. Tampoco sirve aplaudir a quienes pretenden eliminar el sistema democrático de la faz del continente. En Argentina sabemos bastante de dictaduras. Aun estamos tratando de digerir nuestro pasado. No alimentemos a los monstruos del futuro. Nos podemos arrepentir, y mucho.

El desafió es ser coherente. Y vaya si esta costando en estos tiempos.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783 – 15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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