Perdonar es divino
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Cientos de miles de correntinos sufrimos durante más de una decena de días la humillación y el desprecio. Fuimos rehenes del capricho, disfrazado de reclamo social, de un puñado de ciudadanos que se creyeron con el poder de decidir por los demás.

Un “grupejo” de personas que suponen que sus problemas personales son mas importantes que los de cualquier otro ser humano, y que piensan que para ello pueden someter a su voluntad a las vidas de sus semejantes, decidieron durante varias jornadas lo que debíamos hacer los correntinos, aun en contra de nuestra voluntad.

Poco les importo lo que pensaba cada uno de nosotros, mucho menos aun se respeto nuestro derecho a disentir, a trabajar y por sobre todo, a circular libremente.

Con una actitud intolerante y autoritaria se creyeron con el poder suficiente, conferido por vaya a saber quien, para decidir acerca de los destinos de cada ciudadano que intentara cruzar el puente general Belgrano.

Los motivos, las razones, las supuestas reivindicaciones, no cuentan, porque no vivimos bajo el imperio de la siempre denostada e inexacta cita atribuida a Maquiavelo, que recuerda que “el fin justifica los medios”

En una sociedad moderna los conflictos no se dirimen tomando de rehén al resto de la sociedad. En el imperio de la ley del mas fuerte, bajo las reglas de la selva, tal vez cabe esto de imponer, no así acá donde pretendemos hablar de derechos y de civilización.

Fueron acusados por diferentes funcionarios de haber vulnerado el orden público, sancionados bajo sus propias normas administrativas, cuestionados por incumplir con sus deberes, hasta el punto de ser acusados penalmente por delitos realmente graves.

Con buena parte de la sociedad indignada, el poder político local casi en forma unánime, apelando a los siempre ocurrentes recursos de la más retorcida forma de hacer política, ofreció una amnistía, un perdón, un olvido para los oportunamente sancionados.

Mas allá de demostrar la falta de fortaleza, y de oportunidad, han también mostrado la ausencia de convicciones respecto de lo que es correcto.

Es cierto que a “punta de pistola” casi todos los seres humanos somos capaces de ceder a nuestras propias creencias. Allí donde quiebran nuestra voluntad poniéndonos entre la espada y la pared, podemos hacer claudicar casi cualquier idea sobre la que antes hayamos sostenido nuestra férrea posición.

Después de tantos días de maltrato a una sociedad, los del “berrinche” casi se salieron con la suya. Infringieron normas legales de todo tipo. Mas grave aún, también de las otras, las que tienen que ver con el respeto por el prójimo.

Pero se vuelven a sus casas con buena parte de sus objetivos cumplidos. Sin sanciones, con mejoras y un escenario más que promisorio respecto de cómo arrancaron la situación.

Una verdadera lección que solo alimenta este tipo de inadecuadas manifestaciones, invitando a repetirlas. Después de todo, están logrando lo buscado. Se puede hacer casi cualquier cosa, las sanciones se amnistían y todo sigue como si nada hubiera ocurrido.

Parece una efectiva fórmula para conseguir lo que se pretende. Por un lado, un discurso emotivo, movilizador, disfrazado de justo reclamo y digna reivindicación. Por el otro un grupo de audaces, capaces de hacer lo que sea necesario, aun vulnerando los deseos y derechos ajenos, incluida la ley. Con eso alcanza. Más que suficiente.

Estamos escuchando en estas horas discursos que hablan de paz, de recuperar la dignidad, de consensos, diálogos y de salvar la democracia.

Vaya paradoja, la violencia psicológica, moral y hasta la intimidación encuentran como respuesta la mas débil versión de la ley y la justicia, con el afán de lograr la paz. Hubo que arrodillar la legislación, hubo que guardar las leyes y “hacer la vista gorda” para alcanzar la tan ansiada paz.

El diálogo y el consenso “armas mediante” y una actitud hostil y provocadora, resulta casi una contradicción en términos.

Lo de salvar la democracia es tal vez ya casi un exabrupto. La democracia se salva con más república, con más división de poderes, con cada poder cumpliendo su rol. Casi ninguno hizo lo propio.

Se privilegiaron los resultados, se decidió para eso olvidarse de las instituciones. No alcanza con recitar que queremos que funcionen la democracia y la república, hay que estar dispuestos a vivir bajo sus reglas.

El poder político puede dictar normas, establecer sanciones y luego retirarlas, pueden dar aumentos para satisfacer demandas más o menos razonables, todo eso es posible. Las pruebas están a la vista.

Pero ni los que creen haber luchado por una reivindicación consiguieron dignidad, ni la dirigencia política concedió perdón alguno.

La dignidad es otra cosa. Se logra cuando es reconocida voluntariamente por el resto, y por sobre todo por uno mismo.

El perdón, en este caso es divino y no se otorga por ley.

Alberto Medina Méndezamedinamendez@gmail.com
03783 - 15602694<
Corrientes – Corrientes - Argentina

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