La opción por los pobres
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Nuestra Presidente finalmente dijo la frase que todo populista bien nacido aspira a decir en algún momento de su trayectoria política, “la opción siempre serán los pobres.”

La frase pasará, indudablemente, a formar parte de las mas celebres que haya pronunciado un mandatario latinoamericano, engrosando el manual del buen demagogo.

Suena romántica, fuerte, comprometida. Después de todo, que mas importante y noble causa que la de luchar contra la pobreza.

Hace poco tiempo le escuche decir al Profesor Armando de la Torre, algunas reflexiones que orientan mucho al respecto.

Decía este académico cubano que “la pobreza es el estado natural del hombre”. Plantea así la idea es que todos nacemos pobres. Incluso va mas lejos, invitando a recordar que provenimos invariablemente de un ser tremendamente mas pobre. Algún antepasado nuestro fue pobre en su sentido más absoluto. Al punto de no poder siquiera obtener el sustento mas elemental, su alimentación.

La pobreza es así parte de la naturalidad. De la Torre nos dice que “La pobreza no tiene causas, la riqueza si.” Por eso el debate no debe tener como eje a la pobreza sino a la riqueza. Lo mágico, lo especial, lo trascendente es generar riqueza. Eso permite salir de este estado de pauperización con el que venimos al mundo.

El descubrir como se hace para generar la riqueza, como se multiplican los bienes y lo que permite al hombre progresar abandonando ese estado, es lo realmente relevante.

Esos mecanismos existen y ya fueron descubiertos. Solo hay que dejarlos fluir para que el ser humano se ocupe responsablemente de no ser pobre, de sentirse útil para su sociedad y vivir en mejores condiciones como consecuencia de su talento.

En realidad, pese a esa obstinación por ocuparse de la pobreza y no de la riqueza, lo importante es dar la batalla adecuada, obtener los diagnósticos precisos para luego encarar las políticas que ayudan a encontrar el camino. Muchas sociedades ya conocen esas recetas. Algunas han sido más efectivas que otras en este recorrido.

Si la Presidente quiere cumplir con su palabra de que los más pobres sean la prioridad, puede empezar por algunas medidas que caen de maduro.

La primera de ellas, consiste en terminar con el más demoledor y perverso fenómeno que la economía moderna nos legó. La referencia tiene que ver con la inflación.

Esta en sus manos resolverlo. Ella puede decidir, mañana mismo, concluir con esta farsa. La orden de que “la maquinita” deje de funcionar a todo marcha, pondría fin a la mayor hipocresía de estos tiempos.

La inflación destruye los ingresos de los que menos tienen. Si su prioridad sigue ahí con los desposeídos, pues esta medida debería estar en el primer lugar de su agenda.

El siguiente paso, también casi obligado tiene que ver con reducir la carga tributaria. Las cifras oficiales hablan de presiones impositivas que hacen que un individuo resigne casi la mitad de sus ingresos para cedérselo, sin más, al fisco. Algunos hablan de números que superan largamente ese cálculo.

Liberar de impuestos a los ciudadanos, quitarles la presión desmedida de estos tiempos, para que puedan utilizar el máximo que sea posible de los ingresos que ellos mismos generan, no es un recurso al que no podamos apelar. Sin dudarlo, aceleraríamos el progreso y la salida de la pobreza.

Como financiar el gasto estatal sin esos impuestos sería la pregunta ineludible. De eso se trata, de un Estado austero y una Presidente concentrada en poner su ingenio al servicio de como reducir el tan abrumador gasto público que encuentra en cada resquicio, una excusa para seguir creciendo a expensas de los que dice defender.

La tercera reforma para ayudar a los más pobres consiste en dejar que el capital se desarrolle generando riqueza. Traerá consigo, más y mejor empleo, permitiendo que, los buscadores de ganancias hagan crecer a la economía. Casi involuntariamente, detrás de sus intereses personales, inexorablemente llegará el progreso.

Esta medida tiene un problema para la ideología reinante. El progreso vendría de la mano del individuo y no del Estado benefactor, lo cual contradice sus creencias. Eso es realmente un problema. El mérito se lo llevarían los individuos y no los iluminados gobernantes de turno.

En los discursos la prioridad la tienen los pobres. Solo resta ver como se plasma esta consigna en la agenda oficial. Falta bastante más que altisonantes frases sin contenido. La redistribución de lo que otros generan no solo no resuelve el problema sino que lo agrava. No aporta la dignidad que demanda quien es capaz de generar sus genuinos ingresos. Los que menos tienen, pretenden salir de esa inadmisible situación con su propio esfuerzo.

Una generación de dirigentes, militantes del populismo y la demagogia se interponen para alcanzar esta meta. Pretenden convertirse en una moderna versión de la leyenda de “Robin Hood”. Sueñan con entregar a los pobres lo que le han quitado a los ricos. La opción por los pobres, por ahora, es solo retórica.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783 – 15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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