El doble discurso que profundiza la brecha
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El doble discurso es un “clásico” de los demagogos y populistas de nuestros tiempos. Se trata, después de todo, de una reiterada práctica que consiste en tener un discurso “progresista y políticamente correcto” y en absoluto sentido opuesto, explicitar medidas que dicen pretender algo positivo pero que consiguen todo lo contrario.

El gobierno nacional viene recitando semana a semana, una andanada de anuncios grandilocuentes que intentan, según sus autores, amortiguar el impacto de la crisis.

Hablamos de esa crisis, que según la presidente, no nos iba a castigar por nuestra “inteligente” actitud frente al mundo. Ahora no solo que nos va a repercutir, sino que debemos brindar cuantiosos anuncios para sostener el nivel de actividad que teníamos.

Las contradicciones, están a la orden del día. Por un lado, decimos que el descalabro internacional no nos impactará. Pero al mismo tiempo, los escuchamos decir que resulta imperioso que el gobierno haga ALGO para evitar que eso que no nos iba a castigar finalmente no lo haga. No se entiende muy bien.

En la misma línea de contrasentidos, el oficialismo, envía un proyecto de Presupuesto para el año 2009 en el que dice que creceremos al 4 por ciento anual durante ese año. Esa ley ya fue aprobada por los legisladores con un interesante consenso político de diversas fuerzas que no solo incluye al partido gobernante. Al mismo tiempo, se prorroga la “emergencia económica”, mientras que el ex presidente y presidente del partido oficialista, dice públicamente que creceremos al 7 por ciento el año entrante.

Si con semejante escenario internacional, los legisladores dicen que creceremos al 4 por ciento y el ex presidente afirma que será al 7 por ciento, cabe preguntarse con que argumentos los mismos legisladores oficialistas aprueban la prorroga de la “emergencia económica”.

Es entonces razonable pensar que si no estuviéramos transcurriendo esta situación, probablemente hubiéramos marcado records internacionales de crecimiento económico. Es raro hablar de emergencia económica, crisis, pérdidas de empleo y reactivación en un pais que piensa crecer no menos de 4 y hasta 7 por ciento según las voces oficiales.

Se hace caer la famosa “tablita” del impuesto a las ganancias para trabajadores en relación de dependencia, previa crítica despiadada a su propia existencia, más allá de haber convivido con ella más de 5 años. Parecen no haberlo advertido mientras recaudaban importantes números por esa, HOY descubierta, perversidad impositiva de la que disfrutaron sin prurito alguno durante mucho tiempo.

Se lanzan programas para apoyar a la industria automotriz, se promueven proyectos de blanqueo impositivo y repatriación de capitales, se estimulan créditos de consumo para facilitar la compra de vehículos, camiones, lavarropas y heladeras. Se han anticipado millonarios planes de obra pública. Inversiones obscenas para hacer de la construcción la industria dinamizadora, siguiendo los preceptos mas ortodoxos de John Maynard Keynes, ese británico cuyas teorías gobiernan al planeta desde hace décadas, y cuyas recetas, no han hecho mas que entorpecer el desarrollo de los mercados y provocar sucesivas crisis fogoneadas por el intervencionismo estatal que goza de altísima estima y aceptación en los círculos académicos, intelectuales y sobre todo políticos.

En definitiva un “arsenal” de decisiones económicas que pretenden morigerar los efectos adversos de una crisis que sus interlocutores describen como ajena. Pero hay que decirlo con todas las letras, el impacto de una y cada una de estas medidas apunta a sostener la situación de determinados sectores de la sociedad y no de toda la población.

La arbitrariedad y la discrecionalidad, solo alimentan actitudes sociales equivocadas. Por un lado los sectores productivos, con alguna cuota de razonabilidad, se plantean, porque se apoya TAL sector y no al suyo. Como contracara de este planteo, los gremios hacen reclamos salariales. Después de todo, se plantean, con semejante crecimiento prometido, las pujas salariales tienen bastante asidero.

Es que el doble discurso genera confusión. No terminamos de entender si estamos en problemas y son tiempos de ajustar el cinturón y poner el pecho, o bien son épocas de desarrollo, crecimiento y despliegue económico. Tal vez si el gobierno tuviera un discurso un poco más consistente, estas confusiones quedarían resueltas.

Este conjunto de decisiones no hace más que favorecer a los que forman parte de minorías especiales. Los empleados en relación de dependencia ( en blanco ), los que poseen cuenta bancaria, aquellos que forman parte del sistema económico formal, serán los únicos beneficiarios directos de estos planes para comprar electrodomésticos y autos. Se favorecerán con la construcción y la obra publica y serán los destinatarios que gozarán de los beneficios de las reducciones al impuesto a las ganancias.

El resto de la sociedad, la que reside en el interior, y en el interior del interior, la población rural, la no bancarizada, la economía informal, y los empresarios no organizados, sin estructuras lobbistas, recogerán migajas del reparto estatal arbitrario.

Cuando de favorecer a la sociedad se habla hay que ser transparentes. Este tipo de medidas sectoriales solo dan paso a las suspicacias. La aplicación del poder centralizado se sigue ejerciendo con impunidad. La inconsulta manera de tomar decisiones, la discrecional forma de elegir a los “privilegiados” del poder, no hace más que alejar a la política de la gente, socavando las más profundas raíces republicanas.

Gobernar para todos no debe ser simplemente un discurso. Para eso es preciso, PENSAR en términos de TODOS. Cuando se toman medidas con deshonestidad, escondiendo el otorgamiento de favores y privilegios para determinados sectores aliados del poder de turno, caemos en una evidente traición a la sociedad.

Cuando por el contrario, se toman con honestidad intelectual, en la convicción de que se esta haciendo lo correcto y con la mayor buena fe, se cae en la ingenuidad de creer que el pais termina en Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Argentina es bastante más que esas ciudades pobladas, proveedoras de servicios, y elogiadas por su desarrollo urbano.

La Argentina está formada por cientos de pueblos, de ricas geografías a lo largo de la nación. Esos lugares son los que generan las riquezas para que, los que vivimos en las ciudades, disfrutemos de las comodidades de la civilización.

Cuando las medidas económicas se piensan desde los escritorios del poder, aún con buena fe, es inevitable olvidarse de esa Argentina que hace patria todos los días.

Para favorecer a todos, los gobiernos solo deben recurrir al más elemental y básico criterio de política económica. Para estimular el consumo, para devolverle a la sociedad su poder de compra SOLO hay que REDUCIR IMPUESTOS, fundamentalmente aquellos que alcanzan al consumo. De esa manera SI alcanzamos a todos.

Es la sociedad, cada individuo, el que tiene la potestad moral de decidir que hacer con cada centavo que produce, y no un burócrata universitario, que cree saber lo que la sociedad prefiere.

Si las medidas gubernamentales favorecen a unos y perjudican a otros, son centralmente inmorales, porque lo único que consiguen es sostener el doble discurso y profundizar esa brecha entre pobres y ricos de la que tanto se habla y poco se hace.

Lo único que logran los gobernantes y la política clásica, es agrandar ese espacio que separa a los ricos de los pobres. Las medidas definitivamente están preparadas para los que mas posibilidades tienen, en desmedro de aquellos otros que están fuera del sistema.

El doble discurso está nuevamente instalado. La brecha se sigue profundizando y la sociedad parece dispuesta a comprar falsos argumentos con demasiada pasividad.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783 – 15602694
Corrientes – Corrientes - Argentina

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